Bajos vuelos

La Razón
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Se están perdiendo los valores. Por ejemplo, aquel que rezaba que el cliente siempre tiene razón, no solo porque pague, sino porque se le debe un respeto. Gracias a las redes sociales, llevamos dos semanas observando vídeos donde los pasajeros de un avión se convierten en víctimas de la soberbia, el mal hacer y la falta de profesionalidad del personal de vuelo. Todos recordamos las imágenes del desalojo violento de un pasajero cuyo único delito fue decir que era médico, que sus pacientes le esperaban y que no podía abandonar su asiento por la mala y mezquina gestión del overbooking de una aerolínea, United Airlines. A los pocos días, una mujer con su bebé en brazos fue golpeada por un auxiliar de vuelo de American Airlines al arrebatarle de malas maneras el cochecito del bebé. Tan solo con ver al susodicho en las imágenes grabadas por otro pasajero, uno entiende el ataque de ansiedad de la pasajera al ser tratada tan violentamente con su hijo de pocos meses presenciándolo todo.

Soy una asidua pasajera de avión y debo reconocer que, casi siempre, me he encontrado con buenos profesionales. Lo malo es que la buena imagen que proyecta esa mayoría se ve empañada, cuando no borrada, por la cacicada del auxiliar de vuelo de turno. Resulta difícil entender estas actitudes de ciertos «profesionales», no porque estén mal y sean denunciables, sino porque hay que ser torpe para comportarse de esa manera cuando, hoy en día, cualquier persona tiene un teléfono móvil con el que grabar un incidente que en cuestión de minutos se convertirá en noticia a nivel mundial. Y eso tiene sus consecuencias. Que se lo pregunten a United Airlines que en pocas horas perdió 800 millones de valor en bolsa. Poco para el bochorno que provocaron, tanto por el comportamiento de algunos de sus trabajadores como por sus absurdas, tardías y forzadas disculpas.

Aunque solo sea por hacer un guiño a su profesión, deberían volar más alto. La venganza del pasajero es fría cuando se calienta. La opinión del consumidor alcanza categoría de credo y, como tal, termina repetido en boca de todos. Y en muchos casos, catequizado en vómito.