Buenos sentimientos

Resulta enternecedor el odio que los retroprogresistas, flautas y colausos sentían, sienten y sentirán por la figura grandiosa de Margaret Thatcher. El Primer Ministro británico, David Cameron, ha definido su importancia en una sola frase: «Su secreto es que no sólo dirigió nuestro país. Lo salvó». Al conocer su fallecimiento, el mamarraché Esquivel se limitó a liberarse de unas gotas de pus recordando que la señora Thatcher «era una criminal de guerra por la muerte de los chicos del "Belgrano"». También murieron muchos británicos en Las Malvinas. Los argentinos no disparaban con petardos y fuegos artificiales. Sucede que la señora Thatcher ordenó a la Armada británica que interviniera, y cuando la Armada de Su Majestad se pone en marcha, malo para el enemigo. El general Galtieri, el último de los dictadores militares, creyó que la invasión de las Malvinas, unas islas donde viven muchas más ovejas que ciudadanos del Reino Unido, era tan fácil como conveniente. Sólo unos argentinos geniales, «Les Luthiers», se atrevieron con su Marcha Triunfal a resumir aquella guerra: «Perdimos, perdimos, perdimos otra vez».

La señora Thatcher comparte con el Papa Juan Pablo II y Ronald Reagan la cúspide del resentimiento de la izquierda. Por ahí anda Bush, y en España, Aznar y Esperanza Aguirre, nuestra «Margaret» doméstica, también triunfadora indiscutible en las urnas y víctima de los enredos de su partido, la misma herida que padeció la Thatcher. La inglesa que se ha muerto era una mujer sin complejos, trabajadora, valiente y decidida. Tres terroristas del IRA fueron abatidos por las Fuerzas Especiales en Gibraltar. En España funcionaba el GAL. En Londres la señora Thatcher asumió toda la responsabilidad de la operación: «Yo he disparado». Con dos dídimos.

«No a los vagos y a los que viven de nuestros impuestos». Terminó con la fuerza de los sindicatos en muy poco tiempo. Sólo precisó de su sentido común y del coraje para llevarlo a cabo. Recelaba, como buena británica, del «Continente», de la puta Europa, depredadora y cobarde, pero lo hacía desde la colaboración y la lealtad. Su mirada se suavizaba cuando miraba a los Estados Unidos, porque algo tenía de pionera del trabajo y la libertad. De hija de un tendero a referencia indiscutible de Europa, con sus imprescindibles e irrenunciables matices de las islas. En ella encajaba perfectamente la broma de la niebla densa que impedía el tráfico aéreo y marítimo con Europa: «El Continente está aislado». No tenía el talento ni el gracejo de Churchill para la ironía, pero le sobraba el valor y el patriotismo. Cuidó hasta el último detalle las relaciones de la Metrópoli con las naciones de la Commonwealth, de tal forma, que Inglaterra mantiene el imperio que fue perdiendo a partir del siglo XIX. Era femenina, pero en el desempeño de su responsabilidad lo tuvo que disimular. Se le recordaba la brillante definición de Nathalie Clifford Barney: «La feminidad nada tiene que ver con el sexo, porque un francés es siempre más mujer que una inglesa». Fue determinante y apabullante, siempre cercana a los desfavorecidos y los necesitados.

Su testamento se resume en uno de sus pensamientos publicados. «El derecho del hombre a trabajar como él quiera, gastar o ahorrar lo que genere con su esfuerzo, disponer de sus propiedades, tener al Estado como sirviente, no como amo. Ésta es la esencia de una nación libre».

Que se lo aprendan de memoria algunos de los de por aquí. Mejor, casi todos.