Paloma Pedrero

Buitres

El negocio de la muerte en España es grande y fructífero. Nos han transmitido tanto pavor a la parca que preferimos que sean otros los que gestionen el último adiós. Los primeros buitres surgen en la posguerra, cuando tantos venían a buscarse el pan a Madrid y querían asegurarse de que si pasaba algo su cadáver volvería a su cementerio, al de su pueblo. De padres a hijos se fue traspasando esa necesidad. Y esa cuota. Mi madre, por ejemplo, la tenía de la suya y me la dejó a mí, y a mis hermanos, claro. Yo llevo toda la vida pagando a una gran empresa mi entierro y mi funeral. Al final les daré tres veces más de lo que les costaría a los míos abonarlo de golpe. Yo, cada vez que me llega el recibo, me acuerdo de todos mis antepasados. Ni me hace maldita gracia que me recuerden que cada vez me queda menos para dejar de pagar, ni me agrada tener que archivar el timo, porque lo primero que piden al familiar del finado es el último recibo. Llevo años pensando en borrarme, pero mi madre me susurra desde el más allá: no lo hagas, cariño, con lo que me costó a mí mantenerlo. Unos veinte millones de españoles alimentamos ese negocio opaco y rentabilísimo. Tres grandes compañías se reparten el percal. Sus pájaros también vuelan alrededor de muertecitos sin seguro. Se cuelan en los hospitales, en la residencias y, cuando la familia comienza con el llanto, aparecen para resolverlo todo. Aquí estamos. Les acompaño en el sentimiento, serán sólo tres mil. Que mal rollo, ¿no? ¿Cuándo van a legislar contra esos pájaros de mal agüero? A escopetazos con ellos.