Camisa desplanchada

Llevo más de cuarenta años en el ejercicio del periodismo y creo que puedo sentirme razonablemente satisfecho por lo que he conseguido, y sobre todo, por lo que he sabido evitar. En todo este tiempo solo he pretendido que el dinero obtenido estuviese mas limpio que mis manos recién lavadas. Como nunca me propuse grandes objetivos, tampoco he cosechado grandes decepciones. En realidad hubo momentos en los que me sentí tan atosigado por quienes me menospreciaban, que cada vez que conseguí un éxito, me creí en el deber de dar explicaciones. Me volqué en este bendito oficio hasta olvidarme de los míos y buscar en la calle el afecto de los perros. Por mi manera de entregarme al periodismo jodí mi matrimonio y aun ahora la hija que tuve entonces me mira con curiosidad y siente cierto pudor al abrazarme. Nunca supe muy bien a qué portal pertenecían mis llaves, ni recuerdo haberme lavado la cara diez veces seguidas en el mismo hogar. Amaba el periodismo y me entregué a él sin condiciones, incluso a sabiendas de que con el mismo entusiasmo estaba rompiendo amarras y alejándome sin remedio de los míos. Y todo eso a cambio de un sueldo miserable para el que ni siquiera necesitaba bolsillos, hasta el punto de que una noche me prestó dinero un mendigo. No me importaba. Disfrutaba buscando frases entre los marginales a los que frecuentaba y jamás reparé en lo que sería de mi vida. Era feliz en medio del dolor y los destrozos, como un soldado que en medio de la oscuridad corre hacia el peligro atraído por la luz de la artillería. Algo me decía que no haría bien mi trabajo si además de contar la vida de los miserables no corría el riesgo de contraer también sus enfermedades. A veces creo que mi mala reputación ha salvado mi prestigio. A fin de cuentas, este oficio consiste en saber elegir con quien desplanchar por la noche tu camisa.