Dedos y elixires

Cuando me figuro a los notables e ilustres miembros del jurado del Nobel de la Paz reunidos en Oslo, me llega a la pituitaria un nortazo de alcohol. Deliberan, proponen y conceden el premio en condiciones de máxima ebriedad, según demuestra la relación de los últimos galardonados. Un viejo amigo de altísima cuna acudió a su parroquia con dos testigos para ultimar el papeleo de su boda, muy tardía por cierto. El párroco rellenaba los apartados del documento con parsimonia. Al llegar el turno al Estado Civil del solicitante, el sacerdote le preguntó: «¿Estado?»; y el apuesto novio respondió: «En este momento, de completa embriaguez». El alcohol es traicionero, y lo asegura quien no puede presumir de abstemio, si bien es difícil emular al actor francés con nacionalidad rusa Gerard Depardieu, que no ha tenido pudor en reconocer que puede beberse catorce botellas de alcohol al día. No entiendo el motivo de su exclusión en el jurado del Nobel de la Paz.

Nada más sano y saludable que beber con moderación. Una copita antes de comer y otra en los atardeceres. Ayudan a ver el mundo con más claridad. El abstemio radical acostumbra ser un monumental coñazo, y puede romper por cualquier burladero. De complicado carácter, le preguntaron por su tristeza a un político conservador inglés: «He tenido una infancia muy infeliz. Mi padre era el más borracho de su pueblo. Y lo malo, es que el pueblo de mi padre era Londres». Comprensible melancolía.

Tengo para mí que los dirigentes del Partido Popular llevan, de un tiempo hasta aquí, entregados a la bebida. De no ser así, no se entenderían sus bandazos y sus vaivenes. En el PP, el único que no prueba el alcohol es Arriola, que hace de su capa un sayo y se pasa por las enaguas silvestres todas las promesas electorales del PP, que no es su partido, obviamente, sino su fábrica de la moneda y timbre. Arriola es socialista, y según dicen, reputado sociólogo. Trabaja con enorme esfuerzo y sobriedad para el PSOE,y viene del dedo de José María Aznar. En la derecha española los dedos se han equivocado con excesiva frecuencia, con empecinamiento y contumacia. Los dedos y los cuñados, pero los cuñados merecen un artículo aparte. El político conservador español es un ser necesitado del cariño de la izquierda. Y la izquierda acaricia muy bien a los débiles, a los que deja posteriormente en la cuneta, inservibles y acariciadísimos. La izquierda, con mayoría simple o absoluta, gobierna sin complejos, y lo explica con toda naturalidad. La derecha necesita del aplauso de la izquierda, se contradice, incumple sus promesas y aparece Floriano.

No entro en el fondo de la reforma de la Ley del Aborto de Alberto Ruiz-Gallardón. Soy cristiano, soy católico y no me extiendo más. También podría ser hindú, y afirmar como Ghandi que el «aborto es un mero y brutal asesinato». Entro en la forma. Esta modificación de la Ley del Aborto socialista fue uno de los argumentos y reclamos principales en la campaña electoral del Partido Popular. Obtuvo la mayoría absoluta. Pero no le gusta a Arriola, y el sociólogo socialista con despacho en el PP, puede llevar a las huestes de Rajoy al precipicio. Si mantiene Rajoy la reforma, se le enfadará la izquierda y le dirán de todo, y eso le asusta mucho. Y si la retira, perderá al ministro de Justicia y centenares de miles de votos de simpatizantes engañados una vez más. Muchos más de los que asegura Arriola que se perderían en el caso de que la ley fuera aprobada.

Todo viene de un dedo mal dirigido. Y del complejo de inferioridad no superado.