Del árbol detenido

Los últimos fríos de Antonio Mingote fueron inmisericordes. Se sabía condenado. Le atormentaba, en su noviembre definitivo, no alcanzar el renuevo de los árboles en la primavera. Falleció en el primer paso de abril, pero ya no se fijaba en los brotes ni en el futuro. «Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos». Cosas de Neruda. Noviembre es un mes que siempre me ha caído mal. Tiene mucho de despedida constante. La belleza melancólica del otoño es la del canto del cisne, la antesala de la muerte provisional de los árboles, el triunfo de los bosques detenidos. Antonio, el más fiel y observador paseante del Retiro, del que era Alcalde Honorario, comenzó a derrumbarse en noviembre, cuando sus fuerzas le explicaron que no aguantarían hasta la plena primavera. Perdió la maravilla de su trazo, y se enfadaba con lo inevitable. –¿Qué le apetece comer, don Antonio?–, le preguntaban Ángel o Herrero, los «maitres» del «31», también fallecido en aquel mal año. –No me apetece nada. Por lo tanto, elijan ustedes lo que me apetece y me lo comeré sin ilusión alguna–.

–¿Eres consciente de que me voy a morir antes de la primavera?–. Y hablábamos de árboles, esos «dioses grandiosos» a los que tanto admiraba. A pesar de venir de la España del frío –Daroca, Albarracín, Teruel, Zaragoza–, no sentía simpatía por los pinares. «Estoy más triste que un pinar cuando anochece». Su gran amor, el gran sauce mexicano del Retiro, allí firme desde el siglo XVII. –Te figuras lo que habrá visto, oído y callado este árbol?–. Y llegaba una mujer esplendorosa para comer con un individuo que esperaba impaciente su presencia. –¿Has visto? Ese ejecutivo agresivo no sabe que esa mujer, antes de mujer, fue árbol. El mundo está lleno de insensibles–. Le pregunté qué arbol. –Esa mujer fue un álamo–. Y se quedó tan fresco mientras comía lo que casi no le entraba.

En la última comida, que se hizo acompañar por su mujer Isabel, se trasegó un Martini. No lo había hecho en treinta años de almuerzos compartidos. Y se puso zumbón, seguro y alegre.

–Qué pena averiguar tan tarde lo bien que sientan los Martinis–. Era por diciembre, ya con el frío a cuestas. No el de la calle. El suyo. Superada la Navidad, Antonio se quedó en casa aguardando la llegada de abril. José Antonio Muñoz Rojas, en su «Casería del Conde» antequerana, pasaba sus últimos días con impaciencia. –Aquí estoy, esperándola–. Reclamaba a la muerte que se retrasaba. Otro enamorado del campo y de los árboles. Así en sus «Cosas del Campo». «Cada árbol tiene su sazón y su manera de madurar. Los hay tímidos, los hay airosos, los hay torpes»... «Y ese manzano joven, aun sin hoja, que de pronto se ha puesto a dar flor, y que parece un candelabro de flores, y que nos ha detenido hoy largo rato en nuestro paseo haciendo que nos preguntemos, cómo es posible tanta hermosura en tan poco lugar».

Antonio se fue en abril, pero su muerte le comenzó en noviembre. Los amigos tienen que recordar a los suyos, no el día del sueño definitivo, sino el del principio de su muerte. Cuando ya no se fija en los árboles porque sabe que no va verlos de nuevo en su esplendor, cuando el plato que le sirven no es para disfrutarlo, sino para mantenerse en pie, cuando sus recuerdos se remontan a sus años de la infancia y la juventud, y una nube de olvido se posa en la memoria reciente.

Hoy, cuando escribo, luce el sol, hace frío y los árboles se desnudan sin pudor alguno. Y nada mejor que escribir del hombre que más los amó sin pedirles nada a cambio.