Desde Palmira

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La conquista de Palmira por las tropas de Bashar al Asad, con la inestimable ayuda de Rusia e Irán, ha puesto de relieve, sobre todo, la debilidad del Dáesh y ha asegurado la convicción de que los yihadistas no son invencibles. El valor histórico y simbólico de la ciudad de Palmira se acrecienta con una conquista de este tipo y hace ver que el Estado Islámico está perdiendo territorio de manera acelerada. La conquista de esta ciudad siria representa el inicio de la desaparición de la territorialidad del Dáesh en Oriente Próximo y el regreso a la situación fronteriza entre Siria e Irak que existía con anterioridad a la proclamación del Califato. Todavía no se puede cantar victoria definitivamente, pero todo apunta a que, más pronto que tarde, tanto Raqqa como Mosul estarán bajo el control de las fuerzas gubernamentales sirias e iraquíes. Con ello, no se habrá resuelto la difícil y compleja situación que impera en la zona, pero, con seguridad, habrá desaparecido uno de los factores de mayor inestabilidad. Es posible que la pérdida de posiciones en esta zona obligue al Dáesh a incrementar su presencia en África y, para ello, Libia se está convirtiendo en un espacio muy idóneo para la expansión de los yihadistas, en razón de que, en la actualidad, es un país sumamente desintegrado en el que conviven tres «gobiernos». No se trata, sin embargo, de trasladar la realidad que impera en Oriente Próximo a determinadas zonas de África sino de buscar un solución global y coordinada que, por un lado, ponga fin al control territorial del Dáesh en cualquier lugar del planeta y que, por otro lado, impida la comisión de actos terroristas por parte de los yihadistas. Esto no se podrá alcanzar si quienes tienen la responsabilidad primordial en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional no se ponen de acuerdo. Pero todo ello hay que hacerlo en el seno del Consejo de Seguridad.