Dos mujeres

La Razón
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Dos mujeres mandan en los prolegómenos del juego electoral por la presidencia. Una, Hillary Clinton, esposa de emperador jubilado, representa una concepción de la política que tiene en Washington su cruz y su emblema. La otra, Carly Fiorina, desprecia tanto la capital que no parará hasta acampar en ella. Cuando Hillary llegó a la Casa Blanca, Kevin Costner todavía no era veneno para la taquilla y Whitney Houston le cantaba «I will always love you», mientras que Fiorina, que alardea de «outsider» política (dirigió Hewlett-Packard entre 1999 y 2005), maneja bien la retórica de quienes dicen representar a «la gente». Hillary cayó frente Obama en 2008 y Fiorina tuvo tiempo, en 2010, de perder por 10 puntos contra la demócrata Barbara Boxer en las elecciones al Senado por California. A Hillary la acusan de tener coraza y hablar con la voz de Hal 9000. Hace veinte años, cuando ejercía como consorte, aburría a las ovejas con largos y entrañables discursos que casaban mal con el hielo picado de su mirada, pero hace tiempo que no disimula el desprecio que le causamos la mayoría, incluido el piernas de su marido. Fiorina juega la baza de la mujer madura, acorazada frente a las chanzas de un Donald Trump camino de ser la estrella invitada del próximo Torrente.

El gran proyecto de Hillary, su reforma sanitaria, terminó en el arroyo, y ante la catarata de promesas incumplidas por los Clinton, Panfletos S.A., Noman Mailer se preguntaba si no habría que «remontarse a la Guerra Civil para encontrar batallas en las que se hubiera puesto tanto en juego para ganar tan poco». Fiorina, por su parte, entrecierra los ojos cuando le preguntan cómo someterá los delirios zaristas de Putin. Su receta pasa por «reconstruir la Sexta Flota» y «enviar varios miles de soldados a Alemania». Alguien tendría que recordarle que EE UU dispone de un Ejército que hubiera acojonado a Darth Vader. A Hillary su partido la quiere tanto que ya sólo le falta recurrir al doctor Frankenstein para ver si les fabrica un candidato más apetecible al grito de «¡Está vivo!». Fiorina, para las cabezas de huevo republicanas, era «la chica esa», una anécdota, hasta que el citado doctor Frankenstein, pluriempleado, salió de su castillo con Trump del brazo y firmando autógrafos.

Hillary va tan sobrada que resolvió llevar los asuntos oficiales cuando ejercía como secretaria de Estado desde su cuenta personal de correo. Quizá creía que la superación de las viejas cuitas sexistas pasaba por ejercer el oficio con la naturalidad de quien regenta una mercería, aquí un email sobre la embajada en Bengasi, allí una felicitación a Chelsea, mi querida hija, por la compra de ese modesto apartamento, 10 millones y medio de dólares, en Manhattan. Fiorina, entre tanto, aprovecha su pasado como directiva, la mística de un currículum en el sector privado, aunque fue despedida por HP cuando los accionistas comprendieron que la cotización de la empresa iba directa al inodoro.

Las dos reniegan del machismo ambiente y al tiempo explotan la mala conciencia histórica. Bajo su discurso late casi imperceptible un sordo bisbiseo: «Usted, sí, usted... Una mujer en Ala Oeste, ya es hora, ¿no?».