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Ely del Valle

El club de los tar-«jetas»

La Razón
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El escándalo de las tarjetas opacas de Caja Madrid amenaza con alcanzar proporciones épicas. Y no tanto por el montante escamoteado como por la desfachatez con la que muchos de los «presuntos» intentan justificar lo que se gastaron. Sería mucho más digno reconocer la pifia, pedir perdón, devolver el dinero y sacar después el talonario para preguntarle a Hacienda cuánto se debe, pero no: prefiere ponerse en modo «Marta Ferrusola», a medio camino entre la indignación y la perplejidad porque esto les esté pasando a ellos.

Algunos como el representante de UGT Rafael Eduardo Torres, considera que lo suyo estaba justificado porque la mayor parte de los 80.000 euros que salieron de su tarjeta paralela se destinaron a sufragar las pancartas de «Abajo el capitalismo explotador» del sindicato, cuyos dirigentes, en el colmo del absurdo, hacen piña en torno a este argumento que les convierte en cómplices necesarios y confesos del expolio. Con un par.

Otros como Matías Amat, jubilado a los 58 años con una indemnización de 6 millones de euros por gentileza de la misma entidad de la que sacó 430.000 euros a golpe de tarjeta, no tienen ningún pudor en convertirse en paradigma de la miserabilidad humana reclamando ahora que se le reintegren los 42.000 euros que devolvió, por lo visto, en un inexplicable ataque de despiste. Escuchando semejantes argumentos la única conclusión a la que podemos llegar es que no hay nada más efectivo para igualar raseros que una tarjeta sin fondo y con fondos ilimitados. Ni derechas, ni izquierdas; ni sindicalistas ni patrones; ni doctores Honoris Causa ni analfabetos funcionales; ni nobles ni plebeyos. Nada como una Visa Black para acabar con las diferencias y convertirlos a todos en miembros de la despreocupada sociedad de los tar-«jetas». Lo más asombroso de todo es que, siendo la solución tan evidente, todavía hay quien anda desgastándose las neuronas buscando mecanismos para acabar con la lucha de clases. Inaudito.