El cuento de hadas

El reparto del dinero se convierte cada año en un motivo de disputa en el que cada gobierno regional intenta arrimar el ascua a su sardina tirando del argumento que más le beneficia a la hora de hacer las cuentas.

Las hay que esgrimen, como es el caso de Madrid, que no se puede, en nombre de la solidaridad, pretender que quienes más aportan no reciban al menos lo suficiente para cubrir sus servicios esenciales; las hay, como Cataluña, que convierten sus pretensiones de financiación en reivindicaciones soberanistas; están las que a pesar de llevar toda la vida siendo las principales receptoras de la solidaridad interterritorial, como Extremadura y Andalucía, continúan siendo incapaces de utilizar ese extra para prosperar a buen ritmo y ponerse a la altura del resto, y las hay, como País Vasco y Navarra, que no dicen gran cosa porque gozan de un estatus privilegiado que a pesar de ser perfectamente legítimo porque así lo recoge la Constitución, no deja de ser inexplicable dentro de un modelo en el que se supone que todos los ciudadanos del mismo país deben recibir idéntico trato. Lo cierto es que ni todos pagamos los mismos impuestos, ni todos los que deben encargarse de gestionarlos lo hacen con idéntica eficacia. Y ése es el principal escollo: que pretendemos guiarnos por unos baremos comunes cuando cada comunidad, en virtud de su autonomía, hace, a la hora de la verdad, de su capa un sayo y de sus cuentas lo que mejor le parece, que no siempre es lo mejor.

El resultado, a la vista está, es un auténtico galimatías que algunos comparan con un cubo de Rubik y otros, con una jaula de grillos en la que conseguir poner orden y que todo el mundo haga la ola no deja de ser una utopía.