El estiaje

Antiguamente, se nombraban cinco estaciones del año: primavera, verano, estío, otoño e invierno. Esto es, se consideraba estío la desaparición de todo el verdor que habría comenzado con la primavera, y seguimos llamando estiaje al extremo verano, ya con las mieses segadas y convertidas en grano tras las faenas de la era, ya ahora una mera y mínima pervivencia debida no sólo a la maquinaria agrícola, sino a la secundariedad y semi-desaparición de la agricultura en favor de la industria alimentaria o alimentos en lata u otro envoltorio de alta técnica .

Pero el estiaje llega al final de agosto, tras ofrecer un dorado relumbre, en estas tierras de la Meseta, hasta las primeras lluvias; y luego volverá el arado a romper la tierra ante la cigüeña, meditativa sobre una sola pata, en espera de poder hurgar en ella Es decir seguirá la historia de «los trabajos y los días» que se cuentan el viejo libro de Hesíodo.

Pero fue Agustín de Hipona quien, a la caída del Imperio Romano, tuvo que hacerse tantas preguntas sobre la historia humana, quien nos dijo que la agricultura era, «la más inocente de las artes»: aunque también sabía, que, sin embargo, siempre pagarían las gentes del campo el grueso de los gastos de la acción política y militar de aquel Imperio. Y, Gastón Boissier explica a este respecto, en su libro, «Cicerón y sus amigos», que «aquel pueblo agricultor y guerrero que había defendido tan valerosamente la república no pudo defenderse a sí mismo contra la invasión de la gran propiedad. Estrechado poco a poco por aquellos dominios cuyo cultivo es más fácil, el pobre aldeano había combatido mucho tiempo contra la miseria y la usura; después, cansado de la lucha, acabó por vender su campo a su vecino rico, quien lo codiciaba para redondearse. Trató entonces de hacerse arrendador, colono, jornalero, en aquellas tierras de las que por tanto tiempo fue dueño; pero encontró allí la concurrencia del esclavo, trabajador más sobrio, que no discute el precio, que no impone condiciones, y a quien se puede tratar como se quiera. De este modo, arrojado dos veces de su campo, como propietario y como colono, se vio obligado a emigrar a la ciudad. Sin embargo en Roma la vida no era más fácil, y sólo gracias a la decisión de Mario de abrir el ejército a las clases pobres, los «capiti censi» pudo enrolarse en él, y luchar bravamente como siempre lo habían hecho sus antepasados campesinos. Y luego acudieron a la Urbe, en la que encontrarían enseguida insoportable su situación, cuando, en grandes proporciones, comenzaron las inmigraciones-invasiones, que «volvían siempre a ocultarse en aquella ciudad inmensa sin policía; y, una vez establecidos allí, los más ricos por el dinero, y los demás por medio de adulaciones y de astucias, acababan por obtener el título de ciudadanos...y eso era lo que aún seguía llamándose por costumbre el pueblo romano, pueblo miserable, que vivía de las liberalidades de los particulares o de las limosnas del Estado, que no tenía ya ni recuerdos, ni tradiciones, ni espíritu político, ni carácter nacional, ni tampoco moralidad». Y concluye Boissier: «El poder absoluto que habían llamado con sus votos, que acogieron con sus aplausos, estaba hecho para ellos».

Los propios responsables de la Europa de hoy, quizás porque los primeros pasos de este proyecto se dieron todavía durante la euforia de un nuevo idustrialismo, antes de que los avances tecnológicos y otros factores redujeran a éste a proporciones y esperanzas mucho más modestas, o a algunas perplejidades. Y el caso es que, en el plano agrícola, también se ha dado una especie de secundariedad, aunque, a la vez, muy entitativas ayudas, que sus administradores o sus destinatarios han malbaratado con frecuencia. Pero este mundo de la política y la administración tiene sus estiajes, como el mundo entero «tiene sus noches y no pocas» como decía Bernardo de Claraval, que fue un político de enorme peso en aquella Europa naciente, y quizás nosotros atravesamos una de ellas.