El negocio

Ahora que los españolitos estamos pasando por un momento de desquiciamiento general, llega (alabado sea el Señor) el Mundial de Fútbol de Brasil. Este Mundial que se viene posee dos características muy buenas de salida y que están sirviendo de desengrasante a la espesísima situación patria, que está de un coñazo insoportable. En Brasil pasan dos cosas que, por comparación, alivian. Una es un mantra que se repite desde hace seis meses, seis semanas, seis días: no les ha dado tiempo a acabar las obras, fíjate tú qué chapuceros. Es decir, los hay por ahí mucho más del último minuto que por aquí. La segunda es una realidad social: tienen la calle repleta de gente enfadada por todo lo que se ha robado. O sea, también hace bueno por allí. El caso es que en nada tendremos entretenimiento para aburrir y volverá a invadirnos el espíritu de La Roja, ese bálsamo que todo lo cura, esa venda que todo lo ciega, esa ilusión, ese trampantojo. Si nuestros muchachos repitieran campeonato ya saben que se llevarían un pastizal y que no habrá otra Federación en el mundo que pagase tan generosamente los servicios prestados al espectáculo. Dicen los cortesanos de la Selección (que también los hay) que es demagógico criticar las cifras porque esto es un negocio y se financia sin subvenciones. Les espero igual de fieros para defender el sueldo de millones de españoles a los que nos han bajado la nómina varias veces con el argumento de que la moderación salarial es imprescindible para salvar la economía del país. Ya sé que la corrección política está pasada de moda, pero a veces se echa de menos algo de estética. Y, si me apuran, hasta de cosmética.