El patriota y la mugre

La Razón
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Me emociono cuando triunfa Rafael Nadal. Más me emociono cuando es derrotado rozando la victoria y exigiendo a su cuerpo el último esfuerzo. Él sabe que nos representa a todos. Rafael Nadal es la síntesis de la admiración común. Nos une y nos reúne. Es nobleza y pueblo. Para mí, que la exposición permanente del patriotismo. Rafael es España, la buena España, la que ama y aplaude, la que sabe agradecer y no herir, la que carece de rencores y guarda nuestros mejores sentimientos. Rafael está, gracias a su talento y generosidad, en un lugar privilegiado del cariño de millones de españoles. También ocupa un rincón del odio de los fracasados, de los cretinos, de los imbéciles y los envidiosos. En los círculos morados, es Rafael el objetivo principal de sus carencias y miserias. Los miserables, los traidores, los que sueñan con recuperar para España los tiempos superados del enfrentamiento y la sangre, ya han señalado su nuca como diana primordial.

De él ha escrito un rapero, un delincuente de Podemos: «El facha millonario de Rafa Nadal, se indigna por una estelada (sic), no por la miseria de su amado Estado podrido. Todo por la pasta». El autor de esta bazofia se llama Pablo Hasel, apellido nada español por cierto, y de muy probable constatación si tuviéramos la paciencia de repasar, nombre tras nombre, la relación de miembros de las SS. En principio, Hasel, como muchos de los podemitas, considera que el martirio de millones de judíos supuso un bien necesario para la humanidad. Hasel, que precisa de sus vómitos para ser reconocido, que ya ha sido condenado por la justicia, íntimo amigo de Iglesias el desaparecido y Monedero el volatilizado, no es más que un pordiosero de la envidia, un mendigo mediocre en pos del triunfo que no le ha abrazado jamás. Rafael Nadal, millonario efectivamente, se ha ganado su dinero euro a euro con su genialidad deportiva. En cualquier lugar del mundo, Rafael Nadal es venerado y querido. Se supone, y se supone bien, que es el más grande deportista español de todos los tiempos. Mientras el pobre Hasel medio llena sus llamados conciertos con decenas de rémoras del descontento y la suciedad, Rafael Nadal reúne a millones de espectadores de todo el mundo que disfrutan con sus victorias y le admiran por sus derrotas. Dicen que Hasel canta, lo cual no puedo confirmar. Pero no se dice que Rafael Nadal es de los mejores tenistas de la historia. Se sabe. Rafael nada tiene que demostrar, en tanto que Hasel, el pobre Hasel, precisa de su veneno acumulado para seguir manteniendo la innecesariedad de su presencia.

En Podemos, Rafael Nadal no es querido. Lo mismo que en el PCE y en un sector, el del «chiringuítez» de Almería, del PSOE. Rafael los ha vencido con su patriotismo, con su amor a España, con su orgullo de ciudadano ejemplar. En la cuenta tuitera de «Fuerza Podemos», es decir, una cuenta que recibe el beneplácito de los resentidos y los financiadores iraníes y venezolanos, se ha publicado el siguiente mensaje. «¿Vamos, Rafa? Lo más asqueroso cada vez que este “patriota” gana, es aguantar esa puta bandera ondeando. ¡Qué asco!». Merecen una respuesta. El que ha escrito es un cobarde que no se atreve a dar su nombre y se esconde en la mugre corporativa. Nadie de Podemos ha desautorizado el mensaje, ni el argentino que se mueve gracias a la generosidad de la Seguridad Social española. Pero en esas palabras, nos sentimos vejados, humillados y insultados millones de españoles. ¿Puta bandera? Puta su puta madre, la del autor del texto. ¿Asqueroso? Asquerosa su condición de rata de ciudad, y persisto en referirme al cobarde camuflado y autor del texto. Garzón, el de Izquierda Unida tampoco ha abierto la boca. Rafael Nadal, que representa, se vacía, se recupera y se rompe por su generosidad y su amor a los colores de su Bandera –ahora con mayúscula–, es uno de los instrumentos, y de ahí la perversión del odio, que más ayuda a la autodestrucción de esta pandilla de estalinistas que han corrompido a los necios, los iletrados y a los envidiosos. Se están machacando entre ellos, porque sólo el poder omnímodo les serviría para mantenerse. Pero lo de «puta bandera» no es soportable. Es nuestra Bandera, por mucho que ellos quieran imponer la roja comunista o la hortera tricolor. De «puta bandera», nada. Rafael es el abanderado de nuestra Bandera, y ha demostrado con creces, con su coraje, su dolor, su victoria y su derrota, que no hay español mejor nacido que él para defenderla y llevarla.

Y la envidia de los hijoputas, que ellos la condimenten, la sirvan y se la coman.