Empieza el cortejo

Ha sido muy breve el precalentamiento para las elecciones europeas que han de celebrarse el día 25 de mayo y los recursos publicitarios a ellas destinados serán, en España, según afirman los partidos en liza, modestos. Pero tienen derecho a voto 413 millones de habitantes que constituyen uno de los grandes bloques económico-sociales del planeta. Se trata de elegir una representación que tenga presencia en aquellos problemas derivados de nuestra pertenencia a las instituciones europeas, que definen desde lejos nuestras políticas, algunas de ellas fundamentales. Cabe decir que el entusiasmo que suscita en estos momentos la Unión es perfectamente descriptible. Los ciudadanos han perdido por el camino de la crisis muchas de las ilusiones que depositaron en el momento de la adhesión. Aquella Europa de los fundadores ha ido difuminándose entre regañinas y recortes. No obstante permanece la idea de no abandonar un barco que navega sin rumbo fijo, capitaneado por la Sra. Merkel cuya voz, desde que se alió con los socialdemócratas, nos llega con menos fervor liberalizador. En España –y no sólo aquí– los comicios han despertado un escaso entusiasmo. Se calcula que votará en el mejor de los casos tan sólo un 40% del censo, si no menos. Y ello por dos motivos fundamentales: el escaso prestigio de los partidos políticos y el escepticismo que despierta el rumbo europeo. Por otra parte el cortejo al que será sometido el votante girará, en primer lugar , en torno a cuestiones internas antes que a los problemas derivados de nuestra pertenencia a la Unión. Se dilucidará, por ejemplo, si las dos grandes formaciones nacionales pierden peso ante otras ofertas que fueron en otras ocasiones minoritarias. La dispersión del voto constituye una de las preocupaciones o incógnitas a dilucidar. Es inevitable despejar esta duda ya que las europeas podrían resultar un índice para las que seguirán, que afectarían ya a cuestiones sólo nacionales.

Esta Europa que dejaremos atrás con sus vacilaciones mira ahora hacia el Este. Pocos se animan, como hace escasos años, a ampliar una Unión en la que siguen privando los intereses nacionales. La actitud que se adopta ante la crisis ucraniana, una de las más serias en las fronteras de Unión, va a remolque de los EE.UU. que entiende, con toda la razón, más ajeno que propio el problema. Este proceso electoral entorpecerá aún más la toma de decisiones. Las dificultades energéticas, al depender de Rusia, han hecho que los Verdes, partidarios de energías limpias, alcen la voz. Se buscan alternativas y alguna de ellas pasa por nuestro país. Pero lo que preocupa más en estos momentos es la línea económica a seguir en el seno de una Unión, dividida entre los países del Centro y del Norte y los del Sur. Los dirigentes europeos han optado por la austeridad frente al crecimiento y acaban de arrastrar también a una Francia socialista que se las prometía muy felices. Pero nuestros vecinos no tienen el volumen de paro registrado del que disfrutamos aquí y han salvado las instituciones bancarias por sus propios medios. No sabemos cómo va a responder Francia ante la consulta europea, pero la extrema derecha podría reservarnos una sorpresa, al igual que en otros países aunque por motivos distintos. Es, en parte, el resultado natural ante las pocas diferencias que se observan entre los programas de las dos grandes formaciones europeas, populares y socialdemócratas. Tan sólo la Izquierda Unitaria ofrece soluciones muy radicales: «Han salvado a los bancos y destruyen la sociedad: pura barbarie. Hay que convocar una cumbre como la de 1953, en la que se canceló el 60% de la deuda alemana». Estas pretensiones aparecen ante las dos grandes formaciones como un despropósito. Mientras las tasas de paro superan el 25% en España o Grecia, en Alemania o Austria contabilizan un 5%. Juncker propone «tender puentes entre el Norte y el Sur», pero no alude a qué clase de puentes pueden establecerse. El BCE sigue pendiente de una inexistente inflación y muchos temen que vayamos a una peligrosa deflación.

Otro de los graves problemas europeos, al que España contribuye, es el envejecimiento de la población. Antes de la crisis llegó una ola migratoria que ahora, en parte, retorna a sus países de origen. El auge de las formaciones populistas y derechistas ha aprovechado la crisis para hacer campaña contra la llegada de emigrantes, incluso ciudadanos del Este que tendrían derecho al libre desplazamiento. Nosotros mismos estamos viendo cómo parte de nuestra juventud se ve obligada a una dudosa aventura migratoria. El Frente Nacional de Marine Le Pen logró 6,4 millones de votos en las pasadas elecciones presidenciales francesas. No es poco. Habrá que observar cómo cortejan al ciudadano los partidos políticos españoles. Si miran hacia una Europa que necesita soluciones o bien se inclinan, como todo hace suponer, hacia el rifirrafe de una España que arrastra también problemas internos de gran calado. Sabemos que esta última estrategia es más sencilla, porque lo europeo lo observamos en buena medida como ajeno, ya que escapa de nuestras posibilidades decisorias. Pero estas elecciones han de resultar determinantes para algunos aspectos de la vida común de los ciudadanos, aunque duden de ello. La campaña parece que se dirimirá en un tono bajo y el enemigo a batir no ofrecerá excesivas resistencias. Ya apenas existen líderes europeístas que imaginen un proyecto que propicie algún tipo de unidad en las líneas fundamentales. Se afianzan los estados nacionales y los nacionalismos asoman la oreja con insistencia. Este Viejo Continente –y no por viejo– no presenta nuevas ideas. Subyace un conformismo que al cortejo político va a costarle que disminuya. Nada en el horizonte hace prever un giro, por escaso que sea, de esta nave que tiene su ruta ya marcada.