Guardia Real en el Palau

Tuve el privilegio de asistir el pasado viernes en el Palau de la Música Catalana al concierto institucional del Día de las Fuerzas Armadas a cargo este año de la Unidad de Música de la Guardia Real.

Desde 2002 la Capitanía General de Barcelona, hoy cabecera de la Inspección del Ejército, viene programando anualmente estos conciertos. Más de dos mil personas dábamos fe con nuestra presencia del interés que existe por este tipo de eventos, que también se dan a lo largo y ancho de toda España. Pero, para mí, este concierto tenía un significado especial, en un momento también especial.

La Música de la Guardia Real, formada básicamente por unos setenta seleccionados y preparados músicos, la mayoría lógicamente especializados en instrumentos de viento, tiene su origen en una Real Ordenanza de 1707 por la cual se incorporaban a la orgánica del Real Cuerpo de Alabarderos varios pífanos y tambores. Como agrupación musical organizada procede de otra ordenanza de 1874. Hoy, dirigida por el Coronel Enrique Blasco constituye una de las más completas referencias mundiales en su especialidad. Blasco, natural de Corbera, constituye un ejemplo más de la aportación de la región valenciana al Cuerpo de Músicas Militares. Ha pasado por unidades de tanto prestigio como La Legión o el Regimiento Inmemorial del Rey. No sólo dirige. Compone, arregla, investiga, saca a la luz viejas partituras que constituyen el centro de conmemoraciones como es el caso de la Guerra de la Independencia o el Bicentenario del nacimiento del General Prim a quien dedicó la «polka» de Zabalza escrita en plena campaña de Marruecos en 1860.

A lo largo del concierto alternaron composiciones clásicas como «El Sitio de Zaragoza» de Cristóbal Oudrid, con populares catalanas como «Els tres tambors», la «Santa Espina» de Enric Morera o la sardana «Girona 1808» de Ricardo Viladesau, con marchas de zarzuelas como el «Cabo Primero» o «Las Corsarias». La Obertura 1812 de Tchaikovsky y una selección de música de Glen Miller completaron el programa. Con Miller, exhibió Corbera todo el potencial de trompetería que atesora la banda.

Dos mil personas, testigos del evento, testificábamos con nuestro aplauso, no sólo el indiscutible mérito de la agrupación musical, sino el sentir cómo nos unía una manifestación cultural de tal calidad en el marco extraordinario del Palau. Dos mil personas que valoraban el mensaje positivo de escuchar fundidas músicas tradicionales españolas con otras genuinamente catalanas. Con respeto y en pie escucharon la interpretación final de «Els Segadors» y del Himno Nacional, también unidos, sin exclusiones, en una orquestación e interpretación extraordinarias. Allí no se respiraban ni reticencias ni recelos. Se sumaba. Demasiadas veces la música ha sido utilizada para decantar, escindir, excluir. Como si las notas del pentagrama fuesen responsables de los extraños recovecos del alma humana cuando almacenan más rencor que mutuo respeto. La misma etiqueta que han querido colgar algunos a las piedras del cercano Castillo de Montjuic para justificar el cierre del Museo Militar que albergaban. ¡Como si ellas fuesen las culpables!

Meditaba sobre todo ello, comprobando cómo aquel trozo de nuestra sociedad mayoritariamente civil, agradecía el ofrecimiento de un referente, un estímulo, un testimonio. Bien sé que no toda la sociedad necesita lo mismo. Pero una amplia franja de ella, si. Unos viejos amigos pedían mi ayuda para poder Jurar Bandera en el Bruch el próximo día 31 porque el cupo de 1.500 estaba cubierto. ¡En Barcelona, Día de las Fuerzas Armadas 2014, no podían admitir a más gente para jurar su lealtad a la Bandera de España!

Mi reflexión final. Considero esencial que no pierdan las Fuerzas Armadas su contacto con la Sociedad a la que deben servir. Para ello estos conciertos, los museos militares, los desfiles, las juras en lugares públicos, son esenciales. Son los imprescindibles «puntos de soldadura» una vez que ha desaparecido el Servicio Militar, una vez que los universitarios ya no se entremezclan con la oficialidad de los ejércitos, salvo en las aulas. Lo contrario es la reclusión en «ghettos», sin contactos, sin el necesario roce con una sociedad a la que para respetar y querer debemos antes conocer. Y viceversa, porque no se respeta ni quiere a lo que no se conoce. Mi enhorabuena a quienes hacen de la vocación servicio y mi preocupada crítica a quienes por razones económicas, políticas o simplemente coyunturales no quieren comprender esta necesaria integración. No podemos cerrar más colegios mayores, ni más centros culturales o deportivos; no podemos desaparecer de las competiciones deportivas especialmente las más cercanas a nuestra profesión como el atletismo, el tiro, el paracaidismo, el buceo, la vela o la equitación.

Somos un trozo vivo de la sociedad. Pero esta misma sociedad demanda nuestra presencia. Como en cierto sentido proclamaban los dos mil asistentes al extraordinario concierto del Palau.