Guerra terrorista

La Razón
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Como cualquier otra forma de acción política ejercida mediante el empleo de la violencia física, el terrorismo es una manera singular de hacer la guerra. La de las organizaciones terroristas es, como señaló en sus memorias del Irgún Menachem Begin –que paradójicamente, pese a su pasado, recibió el Nobel de la Paz–, «una lucha política desarrollada con medios militares». Hoy lo vemos en los ataques armados de Estado Islámico (EI) sobre Francia, lo mismo que en otras épocas lo vimos en las actuaciones del IRA en Irlanda, de las FARC en Colombia o de ETA en España, por mencionar unos pocos casos. Esta forma singular de guerra reúne ciertas notas que conviene tener presentes si se quiere acertar en el combate contra ella. Está, en primer lugar, la asimetría; es decir, la desproporción entre los medios con los que cuentan las organizaciones terroristas –aun cuando hayan alcanzado, como el EI, una dimensión amplia y una base territorial relativamente estable– y los que disponen los estados a los que atacan. Las primeras emplean armamento ligero y una paciente y artesanal inteligencia; los segundos cuentan con sofisticados medios de observación, plantillas policiales especializadas y sistemas de armas muy avanzados.

Fruto de esa asimetría es el hecho de que los terroristas concretan sus ataques fundamentalmente sobre objetivos civiles, sobre los no combatientes –conculcando así el derecho internacional humanitario–, pues saben que ésa es la única vía que puede conducir al desistimiento de los agredidos frente a sus pretensiones. De ahí la importancia del rearme moral de las democracias y de su culto a las víctimas como héroes inesperados que dignifican a las sociedades libres.

La guerra terrorista es también internacional. Se proyecta a larga distancia y ello hace imprescindibles los medios militares, además de los policiales, para combatirla. Por otra parte, no se orienta, como teorizó Clausewitz, hacia la batalla decisiva, pues quienes la conducen la saben perdida de antemano, sino hacia la prolongación del conflicto con la esperanza de que el daño infligido al enemigo, irregular, pero constante, le haga abdicar. Lo fundamental para cualquier organización terrorista es mantenerse en el teatro de operaciones. Como escribió Begin: «Luchamos, ¡luego existimos!». Tal es el motivo por el que las campañas terroristas se extienden sobre una o dos generaciones; y hay que estar preparados para ello.

Finalmente, desde la perspectiva de su sostenimiento material, esa guerra, para quienes la emprenden, emplea un limitado volumen de recursos que es posible obtener mediante procedimientos depredadores: robo, extorsión, secuestro, tráficos ilícitos, negocios sucios, solidaridad con los combatientes. Ello es así incluso en el caso de las organizaciones que, como las FARC, Al Qaeda o el EI, han llegado a movilizar a decenas de miles de combatientes. Y hay que señalar que, para nuestra vergüenza, los procedimientos arbitrados por los países occidentales para reprimir la financiación del terrorismo, basados en las técnicas de control del blanqueo de capitales, han dado un mal resultado, que lamentablemente no quiere ser reconocido.