Restringido

Guerra y paz

La Razón
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La matanza en París le ha metido queroseno a la carrera por la Casa Blanca. En el debate entre los candidatos demócratas Bernie Sanders, gran esperanza de los rebotados, y Martin O´Malley, exgobernador de Maryland, gastaron sus penúltimas municiones contra Hillary Clinton, a la que afean que apoyara la invasión de Irak en 2003. El republicano Ted Cruz ha pedido que EEUU no acoja a ningún refugiado sirio. Con crudo sofismo explica que Obama «puede estar cansado de la guerra, pero nuestros enemigos no se cansan de matarnos». Cruz es un halcón, aunque tampoco exagera al advertir que tanto el presidente como Hillary evitan hablar de «terroristas islámicos». Les ciega la papilla políticamente correcta y el pavor a que en los campus les llamen xenófobos. Cruz también insiste en que el plan del ejecutivo y el Pentágono, bombardeos desde el aire, apoyo logístico a los rebeldes, sólo ha comprado tiempo. La bestia fanática se extiende de Palmira a Mosul, gobierna sobre diez millones de almas, lapida adúlteras, decapita infieles, trafica con petróleo, ha dibujado un círculo de sangre en los muros de Francia y seguimos sin saber si recibe talegadas de las monarquías absolutistas del Golfo.

Donald Trump, bulímico de titulares, comentó durante un mitin en Beaumont, Texas, que la ley francesa y sus restricciones a portar armas contribuyó a la masacre: «Podéis decir lo que queráis, pero si las víctimas hubieran ido armadas el resultado habría sido distinto». Gerard Araud, embajador de Francia en EEUU le ha dicho en Twitter que su mensaje es «repugnante y carece de cualquier decencia». «Buitre», añadió. Entre tanto la izquierda estadounidense y europea advierte, como ya hizo tras los atentados del 11-S, sobre las consecuencias de una respuesta desproporcionada a los atentados. Como explicaba Christopher Hitchens frente a los manifestantes contrarios a la guerra de Irak, quién iba a decir que preferirían el fascismo antes que el imperialismo. Siguiendo las fantasías animadas de ayer y hoy del pacifismo cascabel, los fanáticos descubrirán a Voltaire tras asistir a un centro cívico y celebrarán por las calles el ideal democrático. En el peor de los casos se les deja matarse en nombre de la multiculturalidad y a otra cosa. Pero el azufre borbotea por el centro de nuestras ciudades, hay miles de jóvenes embelesados por la mercadotecnia del EI y entre Libia y Afganistán resuena el tam-tam de la guerra santa. Embozarse en discusiones platerescas sobre la conveniencia de reeducar a los yihadistas tiene un punto entre suicida y lelo digno de Chamberlain en el 38.

Asumido que el parlamentarismo requirió siglos de historia para florecer y que nadie parece encontrar la fórmula mágica que limpie el avispero, hay que mancharse. Enfrente repta un enemigo policéfalo, algo así como la Hidra de Lerna a la que «en vano golpeaba Heracles las cabezas con su clava, pues tan pronto como aplastaba una surgían dos o tres en su lugar» (Robert Graves). O combatimos, con el sacrificio propio y ajeno que implique, o habrá que resignarse a que nos devore el carcinoma del odio. Lo contrario a la guerra no será la paz. Será la muerte.