Hemos visto la luz

La expresión «déficit de tarifa» ha destronado a «prima de riesgo» como reina del diccionario de la tribu, esa colección de frases hechas para uso diario que en realidad son invocaciones supersticiosas para denominar lo que no se entiende. «Déficit de tarifa» puede ser lo mismo un exorcismo contra las desdichas domésticas que una amenaza ominosa al Estado del Bienestar. Es, en todo caso, un ensalmo anestésico porque el hombre teme lo que no puede nombrar. Lo que sea que signifique, sólo está al alcance de los iniciados descifrarlo. Para el resto de los mortales, incluidos los ministros, «déficit de tarifa» viene a recordarnos que cuando Dios creó la luz, ya debíamos tres recibos. Y lo que es peor: aún quedan pendientes de pago, de aquí a 2029, unos 30.000 millones de euros.

De los años de penuria y estrechez, cuando encender las luces de la casa constituía un acto de hospitalidad reservado a las visitas, conservan nuestros abuelos ciertos hábitos de apegada austeridad que a los nietos de la abundancia les resultan jocosos por incomprensibles, como aflojar algunas bombillas de las lámparas o hacer la ronda por las habitaciones desenchufando aparatos y apagando interruptores. El culto, casi pagano, que aún rinden a la energía eléctrica prohíbe como una blasfemia el consumo descuidado y el despilfarro. Y todavía recuerdan con lejana envidia a aquel vecino que podía consumir kilovatios a su antojo porque trabajaba en la compañía de la luz y le salían gratis. Tal vez lamentemos ahora no haber seguido el ejemplo de los mayores y haber educado a los jóvenes en la sobriedad. No es sólo que la factura se haya encarecido casi un 90%; es que el consumo de los hogares se ha disparado a volúmenes industriales con la acumulación de toda clase de cachivaches: ordenadores, móviles, consolas, tabletas, televisores, wifis, regletas, etc. Según los expertos, la voracidad energética de todo el parque tecnológico casero es insaciable incluso estando apagado. De ahí que otra expresión empiece a cobrar protagonismo en el lenguaje de la calle: «pobreza energética». Es decir, la incapacidad de un número creciente de familias de hacer frente al recibo de la luz, lo que se traduce en el corte del suministro al tercer impago. El Gobierno no debería minusvalorar la relevancia de este problema emergente y, del mismo modo que legisló con acierto frente a los desahucios, haría bien en adoptar medidas similares para evitar el apagón invernal de miles de hogares. Las compañías energéticas son las primeras interesadas en no cortar el suministro y no parece difícil arbitrar fórmulas para quienes, por razones sobrevenidas, la electricidad se ha convertido en artículo de lujo.