Heraldos de la Movida

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Es lógico que Pedro Almodóvar viva aislado, rodeado de una concertina de amigos que mantienen su vida privada a resguardo de las miradas curiosas. La prensa ha respetado su privacidad, aunque se han publicado algunas fotos indiscretas de Almodóvar en la playa con su pareja, el deportista Fernando Iglesias. Sus apariciones fugaces y la discreción de su amistad no han impedido que se especule sobre su noviazgo, tras quince años sin buscar el escándalo noticioso. Cada uno vive en su casa y piden habitaciones separadas cuando viajan juntos, como las parejas modernas. La única declaración que ha hecho Almodóvar, a propósito de la boda de la hija de Zaplana con un sobrino de su pareja, fue ésta: «El Sr. Almodóvar no es pareja de hecho o de derecho del Sr. Fernando Iglesias». Laconismo que contrasta con el reportaje de su veraneo en Ibiza publicado en 2014 en «Cuore». Allí puede verse a la pareja, en traje de baño desbordado, y algún comentario sin maldad: «Durante su estancia en el barco, no faltaron las carantoñas». Esta faceta familiar y aburguesada de Almodóvar, con escaso glamour y falta de mordiente periodístico, contrasta con la agitada vida del director en sus años de la Movida. Incluso antes, cuando proyectaba sus películas underground en súper 8 mm en casa de los amigos y, a falta de sonorización, era él mismo quien narraba y hacia todos los papeles de filmes con títulos tan explícitos como «La caída de Sodoma» (1975) y «¡Folle, folle, fólleme Tin! «(1978).

En aquel momento de absoluta posmodernidad y locura vital, Almodóvar vivió junto a Fanny McNamara su «rollo de los tacones», como cuenta el pintor en «Fabiografía». Con «Pepi, Luci, Bom» (1980) ya estrenada, aparecía por el ambiente sin problemas. Actuaba con Fanny, ambas vestidas de mamarrachas, con su cutre-lux improvisado, y salían en «La Edad de Oro» sin avergonzarse de su friquismo. Ser gay era lo más. Ahora es lo menos, por eso hay que entender que muchos guarden una prudente distancia. De 1982 a 1984 actuaron en discotecas como las «Black Kiss Dolls» y luego como «Almodóvar y McNamara». Grabaron varias canciones con música de Bernardo Bonezzi y letras de ambos, escritas sobre la marcha: «Suck it to me» y «Gran ganga», que cantaban en «Laberinto de pasiones» (1982). Fanny lucía unas minis mega ceñidas de charol y bodis de lúrex y Pedro boatinés de su hermana María Jesús, pelucones imposibles y la chupa de cuero de guardia civil de su cuñado ultra embutida. Años de descontrol por discotecas donde acudían para exhibir su modernidad Alaska, Sigfrido Martín Begué y Bibi Andersen, los Pegamoides, las Costus y los Berlanga, la flor innata del «chochonismo ilustrado»: heraldos de la Movida.

Han pasado los años y la fama que lo arrasó todo, especialmente su vida privada, lo ha alejado de los cegadores focos. Esa luz a la que sobrexponía. Sordo a las advertencias de la madre de la niña de «Poltergeist» (1982): «¡Carol Anne, escúchame, no vayas hacia la luz!». Pero, ¡quia! A pesar su pesar, su vida familiar siempre estuvo presente en sus películas de forma fabulada. Del padre real apenas ha hablado. En una entrevista. Dijo: «Mi padre me miraba con extrañeza y amor. Yo no pertenecía a su mundo. Nada de lo que él pensaba que era un hombre se había cumplido en mí». Sin embargo, causan perplejidad los padres raros, curas morbosos y violadores de su cine, como el que interpreta Luis Ciges en «Laberinto de pasiones»(1982) o el padre de «La ley del deseo» (1986), siempre ausente, como esos personajes masculinos de anémica identidad o conspicuamente violadores. Quizá debido a una conflictiva relación con la figura paterna. Mientras que su madre siempre estuvo presente, tanto en los papeles de Chus Lampreave como en las numerosas madres enfrentadas a sus hijas que pueblan sus películas, siguiendo el patrón de «Alma en suplicio» (1945), que repite desde «Tacones lejanos» (1991). Ahí están las madres de «La flor de mi secreto» (1995), «Todo sobre mi madre» (1999), «Volver» (2006) y «Julieta» (2016), en cuyo cartel puede verse a Adriana Ugarte sosteniendo una toalla simulando la estampita de la Verónica con la Sábana Santa. Metáfora visual del vía crucis del autor ante la soledad del teatro de su propia vida.