Paloma Pedrero

Hoy aquí, mañana no

Ha sido una semana muy triste. He recordado el 11-M en Madrid. El año que viene será el décimo aniversario de esa masacre en los trenes. Aquella vez provocada por hombres que piensan que a través de la violencia se consiguen metas. No hay ignorancia mayor, porque con guerras, atentados, malos tratos, gritos, humillaciones y desprecios, sólo se consigue dolor y muerte. Esta vez ha sido un accidente provocado por la precaria humanidad. En ese tren, como en aquél, podíamos ir cualquiera. Hace unos días yo tomé, junto a mi hija, uno del mismo nombre hacia Oviedo. Éste se paró de pronto y nos avisaron de que había fallado la luminaria. Nos abrieron las puertas y pudimos bajar y pasear por un andén desolado mientras la reparaban. Cualquiera de nosotros podíamos haber estado camino de Santiago, esa preciosa ciudad, que tanto nos evoca. Y esta tragedia me hace pensar en lo poco que valoramos la vida cuando lo cotidiano marcha con naturalidad. Esa tendencia a creernos inmortales. Esa idiotez de sentir que estamos a salvo cuando, en un instante, pueden diagnosticarnos una enfermedad mortal o podemos protagonizar cualquier desdicha. Me gustaría que este accidente pudiera hacernos ver lo vulnerables que somos, la suerte que tenemos de poder gozar de la vida. Eso nos haría más humildes. Pienso en los voluntarios que se han lanzado a ayudar sin pensárselo dos veces, me habla de la bondad de las personas con los desconocidos. Y me hace preguntarme por qué no somos así siempre, con los conocidos, en lo cotidiano. Me habla del amor que tanto escondemos en nuestras penumbras.