Iconoclastas contra el icono de Raimon

Mi jefe me mandó a cubrir el recital de Raimon en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Era el año 1993, 23 de abril. No me importaría empezar esta columna de la misma manera que aquella crónica, pero hay que tener cuidado con las acusaciones de autoplagio, algo que pasado un tiempo puede ser inevitable, incluso legítimo. Pero, una vez advertidos, lo haré. Decía más o menos así: conversaban los conductores de los coches oficiales para pasar el rato, mientras los destellos de la noche se reflejaban en los brillantes capós negros y hasta allí llegaba algo del vozarrón de Raimon, los aplausos y los cánticos de siempre... Había muchos coches oficiales, de eso puedo dar fe, y todo el poder político de la Cataluña pujolista y de la Barcelona olímpica y maragalliana estaba allí reunido oyendo al icono de la canción protesta, que ya era raro, transversalmente sentados en las primeras filas. Era fácil pensar entonces que el poder no sólo es omnímodo, sino inamovible: amigos para siempre. Es cierto, veinte años después, todo sigue igual, no seamos pesimistas: las primeras filas están ocupadas por los mismos, porque la transversalidad permite que el orden de los asientos no altere el producto. Y Raimon, el icono, sigue cantando. Pero el icono ha hablado y ha dicho que él no es independentista, y entonces ha habido ese momento de desencanto que tanto aturde a las personas de buena fe, que son las irreductibles. Ha ocurrido algo extraordinario: a pesar de los iconoclastas («vendido», le han insultado), nadie le ha creído porque eso es imposible y además no puede ser. En sus cuatro conciertos en el Palau de la Música Catalana, esa gente de buena fe ha izado sus banderas y ha gritado lo que Raimon les ha dicho que no es, te guste o no te guste. La madre Muriel, superiora del Òmnium, ha puesto paz en el convento: «De crispación, no tenemos; lo que sí hay es una tensión positiva». De aquí no sale ni Dios.