La agonía de Francia (II)

En una hora dramática, con los panzer de Von Rundstedt a punto de marchar sobre París, el reportero sevillano Manuel Chaves Nogales publicó una serie de artículos memorables titulados «La agonía de Francia». Él mismo la sufriría, pues hubo de cruzar el Canal de la Mancha para vivir un segundo exilio y morir poco después en Londres. Estamos casi en las mismas, salvando las distancias. Nadie ha sabido descifrar aún si los suizos denominan al país vecino «la gran nación» con guasa o admirativos; probablemente será una mezcla de ambas porque nadie con dos dedos de frente puede ignorar su enorme peso geopolítico. Algún malvado a este lado de los Pirineos saludó el advenimiento de Hollande a la presidencia endilgándole el apodo de «Zapateruá». Estaba cargado de razón porque lo primero que hizo el socialista fue subir demagógicamente el medieval salario mínimo y tomó otras medidas del mismo tenor para regocijo de la progresía española. Como no podía ser de otra manera, todas las alarmas de la economía francesa han saltado. Más que los recortes de Manuel Valls, lo que marca el feliz regreso de Francia al camino de la sensatez es su política exterior. La exitosa intervención en Mali devolvió al país a la vanguardia internacional de la que la había sacado la lamentable presidencia de Jacques Chirac. Si Alemania es la primera economía de Europa, los galos poseen el segundo Ejército de occidente y son el único socio continental (Reino Unido va por su lado) en condiciones de prestar ayuda militar apreciable a los Estados Unidos. Sus empresas prosperarán a la sombra de los cazas que no tardarán en sobrevolar Oriente Medio, pero al mismo tiempo está obligado Hollande a adelgazar un Estado hiperbólico en contra de sus propias supersticiones izquierdistas y, sobre todo, de unos sindicatos poderosísimos. Las dimisiones de ayer son un puro folclore sesentayochista. A ver qué tal le va. Y que no se engañe el españolito cejijunto y enfermo de rencor vecinal: su suerte será la nuestra.