La caraba

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Las tramposas hurtaron a Lydia Valentín escuchar el himno español en el podio olímpico de Londres. Todavía espera ese oro, y la plata de Pekín. Las dos medallas están en camino para reunirlas con el bronce de Río. Pero hay más honores, más títulos y más preseas. Es campeona de Europa y en Anaheim (California) ha cerrado el círculo al alzarse con el cetro mundial. Exhibición y otros tres oros para la vitrina de la gloria del Bierzo, que llegan no sin anécdota, lo que en su caso suele ser suceso habitual.

Ascendió al escalón principal del podio envuelta en la bandera de España; se emocionó, rompió a llorar, por ser campeona del mundo y porque iba a vivir la ceremonia completa que siempre deseó. El ritual, como la seda. Mas cuando izaban las banderas dejaron de brotar las lágrimas de los ojos de Lydia. ¡Sonaba la sintonía del campeonato! La caraba, vamos. Murmullos, protestas ahogadas, estupefacción en la sala. Lydia frunció el ceño y su gesto de contrariedad no desapareció hasta que, por fin, escuchó el himno español. Y volvió a llorar, otra vez de alegría. La felicidad completa.

Desde que Lydia Valentín empezó a progresar en halterofilia, nunca dejó de soñar. Sospechaba de algunas de sus rivales, no por el desarrollo muscular sino por el bigote. Con perseverancia, trabajo y la justicia, espabilada finalmente, las derrotó. Creyó y venció. Pero en deporte la fe no siempre mueve montañas. El Atlético de Madrid no quiere perder la estela de la Champions. Si Lydia necesitaba justicia, el Atlético precisa un milagro porque juega dos partidos en 90 minutos. Uno en Inglaterra y otro en Italia. En el primero tiene que ganar al Chelsea por lo civil o por lo criminal, que decía Luis Aragonés, si quiere prosperar en la competición. Es imprescindible la victoria, como indispensable es que el Qarabag puntúe en Roma. Sólo así pisará el Atleti suelo de octavos. Por cierto, sería la caraba si lo consiguiera.