Política

Sabino Méndez

La herida abierta de los catalanes

La herida abierta de los catalanes
La herida abierta de los catalaneslarazon

Cuando uno contempla el caos en que Artur Mas ha convertido la actual política catalana, no puede evitar recordar aquella época de la década de los setenta en que pillaron mintiendo a Richard Nixon. En días tal que hoy, uno desentierra libros de entonces como «La Pandilla», de Philip Roth, o el relato que Joe McGinns (del nuevo periodismo) hizo sobre «Cómo se vende un presidente» para compararlos con la realidad que ve a su alrededor. Roth hizo famoso para Nixon el mote de «Tricky Dicky» («el triquiñuelas» en traducción adaptada para menores).

Que la política catalana está hoy en manos de la triquiñuela me parece cosa innegable. Lo demuestra tener a un Parlamento pendiente de una cosa tan boba como calcular cuándo acababa un Consejo de Ministros central para aprobar sus leyes privadas. El problema es que la política de triquiñuelas no aporta nada, no construye, sólo hace perder tiempo, esfuerzo y dinero. El resultado es una población de buena gente, despistada y cansada, desinformada y frustrada, sujeta a una lluvia de propaganda institucional maniqueísta llena de demencias intelectuales. Un ejemplo: en la mañana de la Diada aparece en TV3 todo un director de periódico («El Punt-Avui», convenientemente subvencionado) y afirma algo tan peregrino como que los partidarios del referéndum parecen gente alegre, con una sonrisa en la cara, mientras que los partidarios de la unión parecen ser gente con cara larga. Más allá de que la realidad lo desmienta, porque ni Forcadell ni Gispert son precisamente la alegría de la huerta, el problema es la torpe generalización. Generalizar tiene eso, que o aciertas del todo o te equivocas del todo. Si la generalización es barata, todavía te equivocas más.

Ese nivel de los mediadores entre la realidad y el público es una explicación diáfana de la actual decadencia en Cataluña, un lugar donde en otras épocas los periódicos estuvieron dirigidos por grandes y sutiles prosistas de penetrante lucidez como Pla y Gaziel. Precisamente, fue Josep Pla quien siempre alertó contra la voluntad de crear bandos maniqueos, grupos de buenos y malos, como si la población fuera un queso de bola del que, partiéndolo en dos, obtuviéramos una mitad de emmental y otra de roquefort. Ése ha sido el tono de la propaganda institucional autonómica en los últimos años: hacer creer que existen bandos de buenos y de malos sin querer rendirse a la evidencia de que eso divide a la gente y empuja a la confrontación. Muchos catalanes no aceptamos ese tono. Sobre todo porque nos traslada a la población un trabajo que debían haber hecho las instituciones. A los catalanes de a pie nos toca ahora la tarea de rehacer en la calle los lazos, las relaciones y el respeto, la unión, que todos esos dementes con cargo público han destrozado desde sus despachos. A saber: entenderte con el vecino que cree que estaríamos mejor separados de España, aunque tú opines lo contrario; trabajar día a día juntos en los proyectos que engrandecen nuestra sociedad y al género humano; respetar la Ley de todos, etc. En resumen: no confundir una manifestación con un país, ni una triquiñuela con una estrategia.

La cosa está clara y el dinero sucio del nacionalismo pujolista ya ha aflorado. Ahí está, resplandeciente bajo el sol con el muy deshonorable gran padre del catalanismo entrampado en triquiñuelas de abogados para no dar explicaciones de sus oscuros dineros en paraísos fiscales. El nacionalismo como coartada ha quedado inservible al menos durante una generación y media. Se seguirá usando, pero le acompañará ya para siempre la sombra de una sospecha. Con un panorama tan maloliente como ese, lo único que se le ocurre a Mas para solucionarlo es proponernos a los catalanes que nos saltemos la Ley.

Pues vaya solución. Puede que desde los despachos estén acostumbrados a saltársela, porque si resultara que los casos «Palau», «Pallerols» y «Pretoria» no fueran al fin y al cabo otra cosa que robo al amparo de la ley, se entendería esa facilidad y costumbre. Pero deben comprender que los catalanes de a pie sentimos una íntima repugnancia a quebrantar las leyes, más que nada porque en la calle son esa mismas leyes las que protegen del robo al ciclomotor de la hija adolescente de Oriol Junqueras (en el caso posible de que Junqueras tuviera hija y ésta, ciclomotor).

La Ley ha de ser igual para todos, ese fue el gran avance que nos dio la modernidad. No sirve cumplir sólo la parte de las leyes que nos conviene. Eso sería crear leyes privadas, lo que etimológicamente compone la palabra «privi-legio». Y, como la historia última de nuestra región demuestra, del privilegio a la impunidad hay sólo un paso. Uno no desea ponerse maligno e imaginar que, en el caso de alguien que teme la cárcel por saltarse la Ley, éste pueda pensar que vale la pena liarla y simular que lo meten por promover que la gente vote. No lo creo. Sería una sorpresa muy grande. Pero aquí en Cataluña, después de la longeva cara dura de Pujol durante tres décadas, estamos preparados para ver cualquier cosa increíble.

A los catalanes no nos queda más remedio que aceptar que siempre existirá ese medio millón de nuestros paisanos que creen que todo iría mejor fuera de España. Es cosa de tradición. A los separatistas no les queda más remedio también que aceptar que ellos no representan a los catalanes, tal como han deseado presentarse en el Congreso, sino sólo a una parte de ellos. No se puede obligar a nadie a ser algo que no quiere ser, ni siquiera con todas las armas de la propaganda institucional. Esa es la primera lección de los últimos treinta años de sociedad catalana que deben aprender los neototalitarios de perfil bajo. No se puede connotar, menospreciar o insultar a los que piensan diferente a nosotros. Cualquiera puede tener sus ideas políticas, pero no deben aprovecharse las horas lectivas para intentar adoctrinar con ellas a los jóvenes.

Mas se ha creado su propio cerco. A lo mismo que él reprocha que quiere empujarlo Junqueras, pretende empujarnos él ahora a los catalanes. Que se arreglen entre ellos en los despachos y nos dejen a la población en paz. Porque no detectamos por ninguna parte esa grandeza de miras que habitaba en el discurso de dimisión de Alex Salmond. Claro que a éste no le han pillado con dinero familiar en paraísos fiscales de Andorra o Liechtenstein. En Italia, el separatismo de Umberto Bossi llevó a la corrupción de Berlusconi; aquí nos ha llevado al oasis-cloaca. En Estados Unidos deben estar disfrutando con todo esto, porque en este viejo trozo del continente el futuro de todos (catalanes incluidos) pasa por Europa. Y si el resultado de Escocia ha provocado alivio en Bruselas, por algo será.

Thoreau, pensador padre de la democracia americana, decía que cualquier hombre más acertado que sus vecinos constituye siempre una mayoría de uno. Es algo que, en verdadera democracia, nunca tendríamos que perder de vista. Terminar un análisis de la calle catalana de ahora mismo citando a Thoreau es tal vez algo de demasiado peso. Para compensarlo con un ingrediente de sainete provincial más adecuado a la situación, vale la pena volver a Philip Roth y su ácido libro que abría estas líneas. En su segundo capítulo, aparece un personaje inolvidable llamado, con perdón, el señor Lameculos. El personaje le dice siempre a Tricky Dicky lo que quiere oír, por delirante que sea, retornándole su mismo discurso (el discurso de sus sueños) sin necesidad de que él lo emita. Y al final siempre le pregunta : «¿Cree usted que es así?». Con ello consigue que parezca que hay una realidad allá afuera que confirma sus autoindulgentes justificaciones y sus delirios. Tal vez los catalanes debemos hacer autocrítica conjunta y preguntarnos cuánto de ese ingrediente ha habido en los últimos años en el discurso oficial de nuestra sociedad regional.