La niña sentenciada

La Razón
La RazónLa Razón

Mi abuela Kätchen recordaba horrorizada aquella noche de los años 30 en Hamburgo en que los funcionarios «recolectaron» a los discapacitados, casa por casa, y se los llevaron para siempre. Los funcionarios de la Gestapo no odiaban a los niños con Down, simplemente les parecían errores genéticos que debían ser eliminados por el bien de la humanidad. Miro a esa niñita preciosa de la foto, con su pelo rojo y su mirada interrogadora, y me pregunto cómo es posible que la usen como propaganda de un test de ADN destinado a marcar a cualquiera que se le parezca. ¿Acaso no se perciben la belleza de su piel, la conmovedora expresión de sus ojos? ¿Acaso el terror a las dificultades, el miedo a la discapacidad, han vencido en nosotros todo resto de humanidad, cualquier compasión? ¿Es que esta niña no ha sido embrión, no lo hemos sido nosotros, imperfectos e incompletos, para merecer mejor destino que un feto con trisomía condenado a la aniquilación? ¿En qué nos hemos convertido? Cuando Hannah Arendt asistió en Jerusalén al juicio del nazi Eichmann no lo describió como un monstruo de sadismo ni un violento sediento de sangre. Era un probo funcionario que había desarrollado con eficacia aquella misión que el Estado le había asignado y que, en su caso, coincidía con organizar el exterminio de cientos de miles de seres humanos, tranquila e impecablemente. Esta eficaz campaña de publicidad, esta hermosa fotografía, este minucioso test genético son el resultado de un trabajo ejemplar a favor de la eliminación prenatal de los discapacitados. Qué mundo tan «sano» y atroz hemos creado. Otra vez.