La ortografía

La falta de ortografía es una mancha del pensamiento. Un error envuelto con el papel de anti-regalo del fracaso. Es la bandera de la mala instrucción, el fiasco de una sociedad que quiere que sus niños aprendan, pero no les enseña nada. La libertad no está en la falta de ortografía, ahí sólo cabe la servidumbre de la ignorancia, nunca la autonomía ni la independencia de criterio. No es una liberación, sino la señal inequívoca del sometimiento al analfabetismo funcional, al lamparón que deslustra la cultura. Quien no escribe bien no sabe leer bien: no vive bien. Escribir «wapa» resultará fácil de teclear en el «guasap», pero es aberrante, poco aseado. Leer un texto con faltas de ortografía es como hablar cara a cara con una persona que no se ha bañado ni cambiado de ropa desde hace meses. Una experiencia espeluznante.

Es posible observar que, cada día con más frecuencia, se cometen faltas de ortografía en periódicos que presumían de exquisitos, en publicaciones tradicionalmente consideradas serias, ¡hasta en los ISBN!... Yo he sufrido la vivencia aterradora de que otras personas manipulen mis libros y les añadan por colofón faltas de ortografía que mi menda no perpetraría ni estando catatónica, poseída por el espíritu de la mermelada y borracha perdida. Vivimos en esta clase de tiempos en los que todo es rápido, descuidado y escapa al necesario examen. Los efectos colaterales de la Logse se hacen patentes en carteles publicitarios, anuncios de propaganda electoral o ese sesudo libro de ensayo «corregido» por un agraz indocumentado a quien, hasta hace poco, no se le hubiese permitido tocarlo ni con pinzas... La devaluación no sólo ha llegado a nuestro bolsillo, sino al control de calidad que requiere la dignidad de nuestro lenguaje. Y no toda la culpa es del Messenger «et alia».