La siesta del tigre

La Razón
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Tal como el PNV ensombrece las obras completas de Sabino Arana, el PSOE publicita con pudor la biografía de Pablo Iglesias Posse, marxista, tactista y de una austeridad personal canonizable. Iglesias fundó el PSOE y la UGT con la asistencia de Paul Lafargue, casado con Laura Marx y autor de «El derecho a la pereza», texto más interesante que «El manifiesto comunista» de su suegro y Engels. «El abuelo» fue colaboracionista con la dictadura de Primo de Rivera y en su primer discurso en aquellas Cortes amenazó a Antonio Maura con el «atentado personal» si regresaba a la Presidencia del Gobierno. Trece días después tiroteaban a Maura, que resultó herido leve pero sin recibir un recado del socialista. Durante la II República la prepotencia de Largo Caballero (el Lenin español) sobre moderados como Prieto o Besteiro condujo al desastre de la revolución de octubre de 1934 para impedir un Gobierno conservador en España. Las Casas del Pueblo se convirtieron en arsenales y contra los insurgentes de Asturias se emplearon tropas coloniales en un baño de sangre que prologó la Guerra Civil dos años después. Hay que entender el contexto histórico de la emergencia de la Unión Soviética y los fascismos, pero el PSOE parece tener querencia a dormitar la siesta con el tigre. Felipe González tuvo que dimitir para lograr la renuncia al marxismo y no lo hizo a humo de pajas o para regresar en aclamación sino porque la resistencia del PSOE a abandonar a don Carlos Marx y hasta el leninismo era roqueña. Felipe me telefoneó: «Me voy de verdad. Esto no es una maniobra. No voy a dirigir un partido marxista». El PSOE añoraba la siesta del tigre que luego retomaría taimadamente Rodríguez Zapatero. En sus últimos escritos un socialista tan cabal como Joaquín Leguina, inventor de la autonomía madrileña, se lamenta del sectarismo latente en su partido. Es la añoranza del rayado y la tentación masoquista de ser devorado por su izquierda.