La sociedad cada vez más inteligente

La Razón
La RazónLa Razón

Desde hace ya muchos años vivimos un proceso acelerado de transformación de nuestras sociedades que nos ha llevado a pasar en un tiempo razonablemente corto de la revolución industrial a la revolución tecnológica, de la sociedad de la comunicación a la sociedad del conocimiento y la información, y de ésta a la interacción y al big data, ese gran hermano que todo lo sabe, todo lo mide, y que condiciona nuestros gustos y nuestras decisiones a cada segundo. Y estamos a punto de entrar en la tercera revolución industrial, la de la robótica, donde los robots harán parte de nuestro trabajo e incluso decidirán algunas cuestiones por sí mismos.

Nos llenamos la boca de decir que estamos en una sociedad cada vez más inteligente, con personas cada vez más inteligentes, mejor preparadas, donde la competencia impulsa el mayor crecimiento y la competitividad, exigiendo para ello mayor especialización a las personas. Pero, realmente, esto es así, o la velocidad de los cambios, la complejidad de los mismos, el dominio de lo tecnológico en todos los campos y la influencia casi total de la imagen y la comunicación nos está convirtiendo en estúpidos funcionales con alta cualificación pero sin conciencia crítica para cuestionar lo que acontece en nuestro entorno más inmediato.

André Spicer, profesor de la Cass Business School, ha escrito un libro titulado algo así como «La paradoja de la estupidez», en el que viene a cuestionarse el verdadero alcance de esos avances en relación a la incidencia que la mejor preparación y mayor inteligencia de los trabajadores tiene en ellos, poniendo en duda muchas de las convenciones y convicciones de la sociedad y de la empresa actual. Así, señala que tener personas más inteligentes y mejor preparadas es hoy garantía de poder competir mejor y tener más éxito. Pero añade que, aunque hay mucha gente lista, sin embargo hacen cosas sin sentido, antipragmáticas y torpes, que producen buenos resultados a corto plazo, y eso es lo único que importa, aunque a medio y largo plazo los problemas permanezcan. Y a esto es a lo que llama «la estupidez funcional» a la que nos avoca el inteligente mundo actual.

El exceso de especialización hace que el universo profesional se estreche hasta el punto de relacionarnos sólo con los que viven como nosotros, hasta el extremo de creer que no se está capacitado para hacer otra cosa distinta, aunque sea tan básica como envolver un regalo. Los trabajadores son más inteligentes y preparados, pero no se cuestionan nada más allá de su propia rutina, y el escrutinio es muy superficial, sin cuestionarse nada ni hacer nada distinto de lo que hacen los demás para no equivocarse ni incomodar a los jefes.

La sociedad está a su vez condicionada por el exceso de peso de la imagen. El 30% de la economía de EE UU tiene que ver con empresas dedicadas a la persuasión y a la imagen. Se gasta más tiempo en convencer a los espectadores o a los analistas financieros de que nuestra empresa o nosotros somos el no va más, que en dirigirla o en aportar soluciones reales a los problemas de la gente.

El liderazgo hoy en una sociedad inteligente no busca tanto la solución del problema sino demostrar que se hace algo ante el mismo. En lugar de abordarlo con claridad y de frente para solucionarlo, se ponen en marcha nuevos procedimientos con el único fin de sacar un comunicado de prensa que explique que se está haciendo algo para solucionarlo, sabiendo que si se aplicaran todos esos procedimientos no se podría hacer nada.

La fuerza motora hoy no es la competencia, es la conformidad. Se hacen las cosas porque los otros las hacen. Como decía un ex ministro, «si eso no lo ha hecho nadie antes, por qué vamos a ser nosotros los primeros».

Este funcionamiento en nuestra sociedad genera una gran estupidez que, enmascarada en la mayor inteligencia y preparación, permite hacer las cosas de manera rápida y con menos esfuerzo, y venderlas fácil y rápidamente a los ciudadanos.

A corto plazo, este funcionamiento ha dado sus resultados, pero a largo plazo salen las carencias y las complicaciones. Algo de eso es lo que está pasando en nuestras sociedades, y debemos reflexionar al hilo de éstas y otras consideraciones si queremos encontrar una salida a esta situación. Conviene perder un poco de tiempo en estas reflexiones porque los retos y las incertidumbres que nos rodean son enormes.