Las fisuras del imperio

En algunas películas norteamericanas de los años cuarenta del pasado siglo no era de extrañar que algún hombre de negocios anunciase su próximo viaje a Detroit. Ocurría también en el cine negro con otros personajes. Porque aquella ciudad fue símbolo de la prosperidad industrial y de otros negocios menos recomendables, capital del automóvil hasta 1967, cuando se produjo uno de los más violentos estallidos raciales. A partir de los años setenta, el centro de la ciudad se fue despoblando de aquella clase media que lo habitaba, siendo sustituida por población de color (un 82,7% en la actualidad). Los blancos (hoy permanece tan sólo el 10,6%) fueron desplazándose hacia las afueras, pasando a integrar aquellos barrios de mansiones uniformes con un pequeño jardín y garaje. De los casi dos millones (en 1950 era la cuarta ciudad más poblada del país) hoy ha descendido hasta los 701.475 habitantes. La ciudad, pese a su prestigio histórico, se ha declarado en suspensión de pagos. Rick Zinder, gobernador de Michigan, había designado en el mes de marzo a Kevin Orr como gestor de emergencia para intentar salvar la situación sin alarmar en exceso a sus habitantes. Se calcula que su deuda asciende a 15.200 millones de euros. La despoblación del centro ha significado que más de 75.000 edificios han sido abandonados o presentan serios problemas. El 40% del alumbrado público ya no funciona y se calcula que existen más de cien mil acreedores. Algunas facturas no se pagan. Se habla de que tendrán que venderse los cuadros de su museo, uno de los mejores de los EEUU Los préstamos asegurados bancarios se han desvalorizado hasta el punto de que un preacuerdo, diseñado por Orr, parecía del todo insatisfactorio. Aunque el gobernador prometió que se mantendrían los servicios urbanos, la situación resulta más que compleja. Acogido por las llamadas leyes de bancarrota, será un juez quien en pocos meses se hará cargo de la supervisión de una suspensión de pagos que, a todas luces, parece inevitable y que producirá años de litigios. El alcalde Dave Bing declaró, con una gran dosis de confianza: «No quería que fuéramos en esta dirección, pero ahora que lo hemos hecho debemos aprovecharlo al máximo. Esto es muy difícil para todos, pero es un nuevo principio». No es la primera de las ciudades que entraron en declive y dejaron de pagar sus deudas, aunque sí lo es por su tamaño y tradición.

Detroit puede ser un ejemplo de mala administración, pero también su decadencia es debida a la pérdida de músculo económico de un país cuyos habitantes se caracterizan por una gran movilidad, con lo que resulta fácil mantener ingresos constantes al producirse cambios bruscos en las valoraciones de las propiedades inmobiliarias. Nuestros propios pueblos y ciudades están viviendo un efecto paralelo, aunque aquí las administraciones mantengan las mismas cargas impositivas. Pero la deuda per cápita de nuestras ciudades respecto a Detroit llega a ser casi treinta veces inferior. Más graves por su amplitud y significado han sido las manifestaciones contra la discriminación racial que se han vivido en varias ciudades del país, principalmente en Nueva York. La absolución de George Zimmerman, un vigilante blanco que mató de un disparo al adolescente negro, de 17 años, Trayvon Martin, enfundado en una sudadera con capucha, en Florida, han encendido los ánimos. Iba totalmente desarmado y su imagen se ha convertido en un icono para la ola de agitación racial que ha despertado a lo largo y ancho del país. Las leyes del estado de Florida son muy permisivas sobre el uso de armas de fuego para la propia defensa hasta el punto de que el propio presidente Obama declaró que él mismo hubiera podido ser una víctima de hallarse en aquellas circunstancias. Porque, pese a que los EEUU están presididos por vez primera por un hombre de color, la situación de los negros en el país sigue siendo aún conflictiva. No importa que Obama eligiera a Eric Holder, otro negro, como fiscal general de EEUU. No cabe, tras la absolución, otro recurso que la presentación o no de cargos federales por crimen de odio contra Zimmerman. Pero no es probable que se actúe. Al margen del hecho concreto, la discriminación positiva a favor de los negros no ha mejorado mucho una situación que resta lejos de ser ideal. Las condenas de cárcel para los negros, por ejemplo, son un 20% más largas por idénticos delitos que las de los blancos. Los negros, además, tienen cuatro veces más posibilidades de ser arrestados por posesión de marihuana, aunque el consumo de blancos y negros sea semejante.

Las condiciones en cuanto a educación, sanidad y pobreza dejan mucho que desear. Los ciudadanos negros tienen seis veces más posibilidades de convertirse en homicidas que los blancos. El icono de Martin es simplemente el desgarro social que sufre la sociedad estadounidense, incapaz hasta hoy de resolver un problema que está en los orígenes mismos de su entidad como nación. No es, pues, de extrañar el gran respeto que produce Mandela, capaz, en teoría, de defender una solución justa a la convivencia racial. No deja de ser sorprendente que el país más poderoso del mundo, admirable en tantos órdenes, no acabe de solucionar los problemas internos que le llevan de una parte a la insolvencia de una de sus más emblemáticas ciudades y, de otra, a perpetuar una suerte de discriminación racial que se niega por los cuatro costados. Pero hay que enfrentarse con diálogo a los problemas reales. Todo el mundo creyó que la llegada de Obama supondría también en este aspecto un giro radical, pero sus palabras razonables no acaban de traducirse en hechos.

Una vez más, incluso en el imperio, la política resulta alejada de la acción.