Libro abierto

La Razón
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En los últimos diez días hemos vivido varios casos de acoso escolar en las aulas y, al menos en dos ocasiones, se han saldado con la muerte de dos menores, que vieron en el suicidio su única salida. A los 14 o 15 años nadie debería pensar que está cansado de vivir o contemplar el quitarse la vida como la única solución a sus problemas. Cuando eso sucede es porque algo está fallando y, sobre todo, porque alguien no está haciendo bien su trabajo. Y ahí es donde entran los profesores, el centro escolar y la Administración.

Los casos de acoso en los colegios se detectan rápidamente. Un menor acosado por sus compañeros es como si llevara un luz roja dando vueltas en la cabeza y un cencerro al cuello. Si hay algo que se detecta pronto en un niño es el miedo, los cambios bruscos de comportamiento, el aislamiento, los dolores de estómago, los vómitos constantes, el bajón en su rendimiento escolar, la mirada huidiza cada vez que le preguntan sobre el colegio y un aislamiento cada día más evidente. El acoso escolar es un libro abierto, aunque para eso hay que estar leyendo.

Los profesores tienen la obligación de estar atentos y reaccionar ante posibles casos de acoso, y como a otros profesionales, se les debería pedir más responsabilidad si estos casos pasan a mayores.

No vale con activar el protocolo antibullying y esperar a que escampe porque no va a escampar, como tampoco se puede tratar con el mismo miramiento a la víctima que a los acosadores porque no son iguales.

Cuando se olvida eso, llegan las lamentaciones.