Los demonios de la radicalización

La radicalización, según una definición muy general, es el proceso que lleva a un grupo o a un individuo a abrazar actitudes o aspiraciones cada vez más extremas. Desde hace algunos años, la radicalización se ha convertido en un tema estelar en los estudios políticos. Está relacionado, evidentemente, con el terrorismo: se trata de saber cómo es posible que jóvenes europeos o norteamericanos abracen creencias que les llevan a justificar la violencia pura como forma de actuación «política». El mejor análisis, en este sentido, sigue siendo el que Dostoievski realizó en su novela «Los demonios», y en nuestro país hemos visto procesos de radicalización mantenidos con fondos públicos y desde instancias gubernamentales.

En otro registro, nuestro país está viviendo un proceso de radicalización a gran escala, con la emergencia de nuevas formaciones partidistas que rompen con lo que hasta hace poco tiempo era considerado normal, casi natural. Hay –¡por fin!, dirán algunos– una nueva forma de hacer política: nuevas caras, nuevos hábitos vestimentarios, nuevos gestos y nuevas formulaciones, más poéticas y descaradas.

Este proceso está ocurriendo en todas partes, en particular en las democracias liberales. Hay partidos populistas de gran influencia en Polonia y en Francia (los hubo en Grecia en algún momento). La izquierda se radicaliza en Portugal y Reino Unido. Han aparecido grupos extremistas en las monarquías nórdicas, siempre tan finas e ideales. Y en Estados Unidos, el país del centrismo, los candidatos alejados del consenso, como Trump y Sanders, avanzan imparables.

No hay, por tanto, ninguna excepcionalidad española. Lo que sí hay, como es natural, son formas propias de este proceso. Aquí no hay grupos relevantes de extrema derecha ni populismos de derechas, como en Francia y en Polonia. Sí que hay partidos independentistas, nacionalistas hoy radicalizados. También hay nuevos populismos de izquierdas, o neocomunistas. Incluso tenemos, y esto es de lo más original, un partido de centro radical, con dos puntos fundamentales en el programa: el «centrismo», como ideología, y la juventud –frescura, novedad e inocencia–, como propuesta política.

Cada una de las nuevas formaciones persigue objetivos específicos que les llevan a adelantar «líneas rojas», una expresión muy utilizada en Oriente Medio. Ni siquiera Ciudadanos, en principio opuesto a esta actitud, se salva de ella. La «nueva política» o la «regeneración» exigen mantenerse firme, intratable. Ya no ocurre como antes, cuando los grandes partidos tenían la capacidad de negociar internamente los diversos intereses, propios de una sociedad abierta y compleja, para luego hacer una propuesta integradora. Ahora, cada uno pone su raíz encima de la mesa, es decir, tiende a maximizar su posición en un proceso de suma cero. Se «dialoga» desde posiciones irreductibles y de una forma teatral, naturalmente sobreactuada, que aspira a escenificar una imposible transparencia ante una opinión pública fascinada por el espectáculo y que incluso cree participar de él, vía internet. En realidad, es lo contrario del diálogo y se parece poco a la participación, como han demostrado los independentistas y Podemos. La política se está volviendo una cuestión de identidad.

Es una deriva desastrosa, en particular en un momento en que se da una recuperación económica como el que estábamos viviendo, pero sería demasiado simple idealizar lo anterior. En realidad, buena parte de esta nueva situación es consecuencia de aquella. El PSOE lleva radicalizándose muchos años. (se puede mantener que nunca ha dejado de ser un partido radical y que su «socialdemocracia» ha sido siempre táctica.) Con la crisis y la corrupción, han acabado por aparecer propuestas que han decidido tomarse en serio el radicalismo socialista.

En cuanto al PP, la evolución es la opuesta. Ha ido identificándose más y más con el sistema, y se ha olvidado de la necesidad de mantener posiciones propias y un discurso articulado e inteligible sobre su política. Ha conseguido salvar una situación extrema, como era la de nuestro país hace tres años, pero a cambio de desmovilizar a una parte de su antiguo electorado, que no se radicaliza hacia la derecha, en cualquier caso, y sí, paradójicamente, en el centro. Así es como el PP ha perdido casi cualquier atractivo para la gente joven y, sin dejar de ser un partido de centro derecha, es percibido como cada vez más alejado del centro. No ha evitado, por otra parte, la movilización de la izquierda y puede haber tenido el efecto perverso de trasladar la percepción de la crisis al conjunto del sistema y acabar así propiciando las propuestas alternativas, desde la «regeneración» a la enésima «transición», pasando por imposibles reformas constitucionales y «blindajes» (más líneas rojas), prometidas como panaceas. En política, nadie más cínico que los idealistas, pero eso no exime a los realistas de la tarea de ofrecer una posición propia.