Paloma Pedrero

Madres

No somos santas. Pero sí poseemos en nuestro cuerpo la posibilidad de hacer milagros. Porque dar cobijo al óvulo que formamos, fecundado ya por el espermatozoide del compañero, es puro milagro. Como lo es gestar nueve meses a un ser y después parirlo. Sin embargo, esta maravilla tiene menos mérito que lo que llega después. Criar, cuidar durante toda la vida incondicionalmente a esas personas que anidaron en la casa que les construimos. Incondicionalmente, lo he visto. Trabajando con personas sin hogar he visto como las madres nunca los abandonan. Sean lo que sean, hagan lo que hagan. Estén en la calle, en la cárcel, en el psiquiátrico. Las insulten o violenten, ellas están ahí hasta el final, con la mano extendida a sus necesidades. Es prodigioso sentirlo también. Saber que mientras tú vivas, tus hijos tendrán abrazo. Es una verdadera suerte ser mujer. Y quizá, porque los hombres no la tienen, nació en la mayoría de ellos una envidia inconsciente. Quisieron equipararse y al no poder nos afrentaron. Hicieron de la fuerza física bandera. Se cargaron la justicia social. Porque la mujer puede ser madre en sentido biológico y cultural, pero también puede ser filósofa, artista, bombera, cirujana, jueza o astronauta. Porque la mujer no necesita la fuerza física para equipararse al varón. La injusticia con nosotras sigue existiendo, sigue lastrando una sociedad que también lo es con los que no pueden o no quieren adaptarse a unos valores indignos y caducos. Injusta con los desposeídos y los diferentes. Con los que no comulgan con la idea de que el éxito está en el tener y no en el ser. Desde aquí, para eso estamos, mi clamor por un cambio profundo. Por una transformación.