¿Más dinero para la ciencia?

La Razón
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La COSCE, el lobby de los científicos asociados, ha presentado un año más su reclamación de un pacto por la ciencia que no es otra cosa que una demanda de más dinero para su coleto. Su argumento es que desde 2009 hasta 2013 los presupuestos estatales en esta materia se redujeron en un 34 por ciento y que eso ha producido unos daños irreversibles, pues «la ciencia no sabe de atajos, así que lo perdido, perdido está». Por tanto, de lo que se trata ahora es de recuperar rápidamente el nivel de aquel año, lo que es incompatible con la parsimonia que caracteriza al aumento sólo en décimas de las cantidades previstas para ello.

Los del lobby suponen que la ciencia es una cosa buena en sí misma y que cuantos más recursos tenga, mejor le irá a la sociedad. Pero yo, en esto, aunque también soy un científico, sospecho como economista, porque, como ya advirtió Kenneth Joseph Arrow, Premio Nobel de Economía y uno de los estudiosos más reputados en este asunto, a los científicos hay que darles dinero sólo hasta que «el beneficio social esperado se iguale con el beneficio social marginal en usos alternativos». Para los que no se manejan en nuestra jerga, esto significa que, al asignar recursos a la ciencia, tenemos que tener en cuenta su productividad vigilando que no entre en una senda descendente. Que ha habido recortes en el dinero para la ciencia es un hecho. Pero también es un hecho –eso sí, no reconocido por la COSCE– que esos recortes se han visto acompañados por un extraordinario aumento de la productividad científica. Según nos muestran los indicadores elaborados por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, entre 2009 y 2014 la producción española pasó de 62.565 a 77.013 artículos publicados en revistas científicas internacionales; la cuota de participación en la producción científica mundial aumentó del 3,1 al 3,2 por ciento; el porcentaje de publicaciones en revistas de alto impacto se incrementó del 46,7 al 52,7 por ciento; y la productividad media de los investigadores se elevó desde 0,7 a 1,0 artículos por año. En resumen, con un 34 por ciento menos de dinero y una reducción de plantillas del 8,7 por ciento, se logró aumentar la productividad en un 42,8 por ciento. ¿Tal vez un milagro?

No. Ocurrió, sencillamente, que se redujeron las ineficiencias del sistema científico, que son muchas. En 2011, la Fundación Ciencia y Desarrollo estimó que, en las universidades públicas españolas, había una cuarta parte de profesores que no podían justificar su función investigadora. Con los recortes, una parte de esa plantilla redundante y poco diligente ha desaparecido; tal es la explicación del prodigio de la productividad. Por cierto, que a mí no me cabe la menor duda de que el mismo resultado se podría haber logrado de una manera más racional, pero ello no avala que se pida más dinero como si éste fuera el bálsamo de Fierabrás. Porque los milagros se consiguen trabajando.