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La Historia de España, tan notable por no pocos aspectos, constituye un relato cuajado de odios en el que el diferente ha constituido blanco de intenciones represoras e incluso homicidas. Ni siquiera cuando la Inquisición desapareció a principios del siglo XIX tras dar muerte a Cayetano Ripoll se extinguieron las ansias de acabar con el distinto. De hecho, los siglos XIX y XX estuvieron marcados por salvajes guerras fratricidas en que unos deseaban imponerse a otros recurriendo al pelotón, la cárcel o el exilio forzado y donde no se respetó ni a ancianos, ni a mujeres ni a niños. El mayor mérito de la Transición consistió en superar esa visión aterradora e intentar abrirse a lo que se llamó «el libre contraste de pareceres», que no era sino el escuchar con respeto al otro aunque se disintiera. Semejante visión, excepcional históricamente, nunca llegó a ser asumida por los nacionalistas vascos y catalanes y en el resto de España comenzó a resquebrajarse en la etapa final de un Felipe González aferrado al poder. Con todo, su pulverización se produjo con la llegada de ZP a la Secretaría General del PSOE. Durante el año anterior al 11-M, la izquierda y los nacionalistas satanizaron sin piedad a Aznar y durante los días 12 a 14-M actuaron de una manera propia del chequismo más bochornoso. La misma etapa de ZP –precedido en el intento por los nacionalistas vascos y catalanes– se caracterizó por intentar expulsar de la vida pública a los que pensaban de manera distinta. Ahora, por desgracia, parece que las nuevas tecnologías ayudan en la práctica de tan funesto cainitismo. En ellas, lo mismo se mancha la memoria de una asesinada que se agrede a periodistas, lo mismo se amenaza a escritores que se hace gala de un antisemitismo vergonzoso, lo mismo se siembra la calumnia que se presume de aspirar al exterminio del que piensa de otra manera. El odio ha vuelto a campar a lo largo y a lo ancho de la piel de toro y lo peor es que ha alcanzado la categoría de virtud social como si la desaparición incluso física del que se aborrece fuera una meta alcanzable y deseable. Dios quiera que esa sinrazón se detenga y que lo haga de manera total y absoluta. De lo contrario, por desgracia, es más que posible que la Transición se convierta en un mero paréntesis, el breve espacio de tiempo situado entre siglos de intolerancia, violencia y represión y un futuro no menos escalofriante.