Ofensiva audaz y peligrosa

La Razón
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No bien acababan de entrevistarse Barack Obama y Vladimir Putin en la sede de la Organizaciones de Naciones Unidas, en Nueva York, cuando los aviones rusos empezaban a bombardear en Siria, no precisamente al grupo terrorista Estado Islámico como había prometido, sino a rebeldes a los que pasivamente y por defecto apoyan los Estados Unidos en el común propósito declarado de derrocar al presidente sirio Bachar al Asad. Gran decepción para los que creen en las virtudes mágicas de la diplomacia y las extraordinarias habilidades del presidente norteamericano e ignoran el nada despreciable cinismo de Putin y la extrema imperturbabilidad con la que afirma lo que él sabe que todo el mundo sabe que es falso.

Pero no exactamente en este caso, en que ha confundido a los que se empeñan en engañarse a sí mismos. Sin duda, Vladimir Putin puso en el primer plano de su propaganda para justificar su iniciativa los riesgos que el Estado Islámico (EI) representan para la seguridad de su país.

Ciertamente los rusos se toman muy en serio el «peligro verde». Según los servicios de inteligencia de Moscú, unos dos mil nacionales de la Federación Rusa han acudido a combatir en las filas de los extremistas que han acabado haciendo moderada a Al Qaeda. Pero aunque ´rse fue el énfasis, el presidente ruso dejó clarísimo, en una entrevista para una de las grandes cadenas norteamericanas de televisión, retransmitida en una hora privilegiada, que era objetivo preferente e inmediato apuntalar el tambaleante régimen de Damasco, el Gobierno legítimo, insistió, y que había sido un tremendo error de los norteamericanos y una violación del derecho internacional haber derribado a otros gobiernos legítimos en la zona, como sucedió en los caso de Irak y Libia.

Este egregio paladín de la legalidad y legitimidad, que se ha anexionado partes de estados soberanos y amenaza a otros en la periferia de su país, defiende en primer lugar la principal y casi única baza con la que cuenta en Oriente Medio.

Aunque Putin hace política de una manera muy personal y ama las sorpresas, cuanto más chocantes mejor, los principales objetivos de su audaz jugada resultan muy obvios. Desde luego evitar que fracase su apuesta por Bachar al Asad, en la que tanto se juega, lo que le dará un puesto relevante en la mesa de negociaciones que algún día habrá de llegar si él consigue que el conflicto que dura ya más de cuatro años se enquiste y quede claro que no tiene salida, puesto que Obama no se va a implicar y la herencia que deje a su sucesor resultará imposible. Cuenta también el otro, y hasta ahora principal, apoyo del régimen de Damasco, Irán. Washington trata de preservar su tratado nuclear con los ayatolás, tan dependiente de la problemática benevolencia de éstos, y ése es uno de los factores que lastran la acción norteamericana en Siria y la concentran, con escaso éxito, en el Estado Islámico. Putin tiene que competir por esa alianza tácita. Además, su preponderancia en Siria es moneda de intercambio para romper el aislamiento internacional y las lesivas sanciones internacionales que su aventura en Ucrania le han acarreado en los último años. Y, desde luego, su exhibición de musculatura frente a la endeblez de Barack Obama es también un beneficio muy apetecido, del que espera rendimientos internacionales y domésticos.