Palos y zanjas

Algo hay que hacer. Sin duda. Con urgencia. Es irrebatible. Pero seguramente de poco valen las medidas vistosas, aparatosas, contundentes para el combate de la inmigración ilegal si no van acompañadas de inteligencia, sensibilidad, humanidad; si no encajan, en definitiva, en una estrategia comprensiva, integral para gestionar un fenómeno que es producto de las terribles desigualdades que vivimos.

Ya era hora de que Marruecos cogiera el toro por los cuernos, especialmente si va a acometer la obra que hoy anuncia LA RAZÓN. Estamos ante un acto reflejo de nuestros vecinos del sur ante las presiones que derivan de Madrid y de una situación que lleva camino de agravarse. Y ante la que ni siquiera un régimen con un discutible aprecio por los derechos humanos puede permanecer impasible. La construcción de un foso puede ser más o menos discutible, operativa, eficaz. Pero es evidente que asistimos a un fracaso: el de las autoridades de Rabat para impedir la llegada masiva de subsaharianos convertidos en carne de negocio para las mafias. ¿ Por qué?

Por varias cuestiones. En primera instancia, porque Mohamed VI ha sido incapaz de comprender las consecuencias de situarse en la línea del mundo que con mayor brutalidad y de forma más descarnada divide a ricos de pobres. En segundo lugar, porque los llamamientos de la UE para el control de flujos de seres humanos desesperados por una oreja le han entrado y por otra le han salido. En tercer término, porque ha utilizado a estos desgraciados para desestabilizar a España. Y así se llega al foso.

Pues no. Los más débiles, las víctimas de las redes de explotación, no pueden ser frenadas con palos y zanjas. ¿No hay alternativas? Meditemos. Actuemos