Para ganar

La manifestación protagonizada en Sol por las huestes de los compañeros politólogos ha dado la ocasión de visualizar la revolución que viene. La impresión no ha resultado demasiado convincente, por muy alto que haya sido el volumen de la retórica. Conviene recordar que unas masas parecidas tomaron Sol durante semanas hace algunos años y que el resultado de las dos elecciones siguientes fue el que fue, con éxitos inapelables del centro derecha. En los países civilizados como el nuestro, la exhibición de músculo por la extrema izquierda suele tener un efecto: que los ciudadanos que sufragan religiosamente los sueldos, las dietas, las pagas extraordinarias, los moscosos y las vacaciones de los compañeros politólogos y demás líderes revolucionarios (casi todos funcionarios) recuerden lo que puede llegar a significar la falta de orden y de libertad.

Dicho esto, también es verdad que la marejada es la traslación concreta de un malestar que es, a su vez, el efecto de una crisis económica que ha durado siete años y de la que estamos saliendo a un ritmo pausado, como si tuviéramos todo el tiempo por delante. No es así del todo y es muy posible que los buenos resultados de las políticas puestas en marcha en estos últimos tres años, sobre todo en España, se vean puestos en peligro si en las próximas elecciones vencen los que están empeñados en proponer un modelo de sociedad con el que la crisis ha acabado.

Por eso, ante los argumentos que hablan de redistribución, igualitarismo e ingeniería social desde el Estado, convendría insistir en otros que antepusieran el crecimiento, la creación de riqueza, las oportunidades para todos los que quieran aprovecharlas. Se trata de invitar a los españoles a participar y encabezar un proyecto de desarrollo que pasa por una mayor apertura, más flexibilidad, más esfuerzo.

No basta con defender la estabilidad. Es este un argumento que los ciudadanos de un país como el nuestro tienen interiorizado. En cambio, se puede explicar que la estabilidad dependerá de la voluntad de los españoles para asumir más responsabilidades y más autonomía. En otras palabras, la estabilidad dependerá de la capacidad de las sociedades europeas para comprender y asumir el significado del cambio que se está produciendo. El inmenso progreso realizado en las últimas décadas está en relación directa con el grado de apertura de nuestras sociedades. Pues bien, hay mucho más por explorar, por inventar, por crear, y por ganar, que lo que se ha logrado hasta ahora.