Romper el saque

Moncloa ha sabido sacarle juego a la difícil agenda de las últimas semanas. Génova, sin embargo, va por detrás y parece estar a merced de las ocurrencias de Bárcenas, que por algo tenía el apodo que tenía. El Debate del Estado de la Nación no era una cita fácil, comparecía en el Congreso un presidente del Gobierno que había incumplido sus promesas y que anunciaba todavía mucho sacrificio. Rajoy, que gana puntos cuando se explica, ha conseguido frenar desde entonces el desgaste.

Pero el partido, por el contrario, va por detrás de lo que al astuto y al correoso ex tesorero se le va ocurriendo. Todo lo que dice y lo que hace Bárcenas se ha convertido en una gran peineta, a la que fue su formación y al conjunto de España. «A mí me han pillado, pero yo me lo llevo todo por delante», debe repetirse antes de salir del portal de su casa, cuando se enfrenta a los cámaras que hacen guardia a diario en el distrito de Salamanca. Los ciudadanos han asistido asombrados a la vida de lujo que ha seguido llevando el que fue el hombre de las cuentas del PP. A sus fines de semana de esquí y a sus cenas con champagne. A su chulería declarando ante el juez Ruz que lo mío en Suiza no eran 22 sino 38 millones y dos huevos duros como los de Groucho Marx en «Una noche en la ópera».

La semana pasada mantuvo la iniciativa con las dos demandas, la del despido improcedente y la del robo de los ordenadores. La opinión pública no ve perfiles sino bultos, y en el gran marasmo en el que se ha convertido este caso, tampoco las explicaciones sobre la relación laboral fueron nada convincentes.

Al PP le va mucho en no ir detrás de las pelotas que le lanza Bárcenas. Si no consigue romperle el saque, habrá muchos que piensen que se le tiene miedo. Lo peor, en cualquier caso, no es el desgaste de las siglas del partido en el Gobierno, sino el escepticismo y el daño que hace la peineta de Bárcenas en la conciencia social. Ese dedo corazón levantado invita a decir con André Malraux: «No existe ningún ideal por el cual podamos sacrificarnos, porque de todos conocemos la mentira». Y eso, sustancialmente, no es cierto.