Seguridad y humanidad

Es un drama, una prioridad. Y hay que gestionarla sin populismos ni demagogia ni alardes vanos de partidismo. Y eso significa que conviene hacer oídos sordos a los señores del PSOE que denuncian con pompa pero sin fuste ni fundamento la presunta incapacidad del Gobierno de España para enderezar la situación en Melilla. No es la hora de dar lecciones, menos de quienes cuando tuvieron el poder únicamente contribuyeron con su abulia a incrementar las dimensiones de un problema que tiene solución.

La entrada ilegal de inmigrantes en las últimas horas del año es la gota que deja hasta arriba el vaso llenado sin parar en los doce meses precedentes. Y que debe llamar a una reflexión colectiva: civil e institucional.

Porque la Unión Europea, a través de su Agencia Frontex, no ha entendido el reto a la seguridad de España en sus dos posiciones norteafricanas. Porque la oposición al Partido Popular simplemente ha propalado críticas (pocas justificadas, muchas injustificadas) contra el ejecutivo y la Guardia Civil. Porque a la opinión pública no se la ha concienciado de que debe apoyar, con contundencia, las medidas que humanamente lleven a reducir el sufrimiento de estos africanos –demasiados son ya refugiados de conflictos asiáticos– y a proceder durísimamente contra las mafias.

Ya en su momento Juan Pablo II, observando la tragedia de la inmigración desordenada, llamó a la necesidad de alejar a las personas más vulnerables de la oscuridad y los márgenes de las sociedades para intentar llevarlas a su centro, contribuyendo al renacer de su dignidad. Trabajemos, con todas las herramientas del Estado y toda la fuerza moral, para que estas víctimas del hambre y los conflictos nunca más se lancen en masa contra la valla. Ni contra nadie. Es posible.