Una Reina

L os herederos de las coronas europeas –ca-si todos de la misma generación–, han elegido a mujeres trabajadoras, que no pertenecen a la aristocracia, como esposas. La monarquía actual sólo puede sobrevivir en estos tiempos estableciendo alianzas con la clase media, de igual modo que antaño una aristocracia decaída subsistió a su agonía histórica uniéndose mediante matrimonios, venta de títulos y/o transacciones económicas con la burguesía poseedora de los medios de producción. El patriciado urbano aspiró a la libertad, y las revoluciones burguesas marcaron el camino de la modernidad. Pero han sido las clases medias quienes han sustentado sobre sus espaldas el triunfo de la democracia. No hay democracia sin clases medias. Las monarquías europeas se están convirtiendo poco a poco en clase media (todas, incluso la británica), y esa transformación es su gran esperanza de perdurar. He visto a la Reina Letizia en tres ocasiones. La primera, su presencia me sedujo. La segunda, creció ante mis ojos por contraste con el fondo. De la tercera no me acuerdo muy bien porque acudí al acto donde la saludé ataviada con un magnífico... catarro y varias décimas de fiebre. Tengo la impresión de que hará estupendamente su trabajo. No entiendo por qué recibe tantas críticas. No creo que ella haya hecho mucho por merecerlas. Se la ha censurado por las cosas más tontas y banales («está delgada, parece nerviosa, tiene un abuelo taxista...»). ¡Como si su gran error fuese pertenecer a la clase media, ser «plebeya», parte del pueblo llano...! Resulta increíble, a mi parecer, que lo que debiera ser un punto a su favor se haya convertido en su principal desventaja. Quienes la juzgan con tanto encono –incluso los que son parte de la gente de la calle–, dan muestras de un prejuicioso clasismo de rancio abolengo (o rancio solamente).