Unidad de vida

Parece que el escándalo Hollande amaina. Me refiero a las llamadas, según alguna prensa, «tribulaciones sentimentales» del Presidente francés, es decir, su infidelidad; tribulaciones nada novedosas porque cuando era pareja de Sególène Royal ya se veía con Valérie Tierweller y siendo pareja de ésta con la actriz Gayet. Hace pocas semanas LA RAZÓN dio buen cuenta de todo esto y a su información me remito.

La diferencia es que ahora las vive en el Elíseo como Presidente de la República y todo salta cuando su popularidad está a la baja, pero con un matiz porque esa pérdida del favor popular no vendría por el natural desgaste en el ejercicio del poder, sino por un paulatino abandono de sus promesas electorales. Y el círculo se completa: se critica la infidelidad de quien ha dado muestras ciertas de deslealtad hacia su electorado. Cómo será que hasta «El País» –un periódico poco sospechoso de puritanismo en estas materias– hacía un balance crítico y trazaba un paralelismo entre infidelidades sentimentales y deslealtades políticas.

Vuelve a plantearse la coherencia entre la vida privada y la vida pública del político o, si se quiere, del servidor público, algo que hace años abordé en estas mismas páginas. Ahora el debate se va perfilando poco a poco. La cuestión ya no es reconocer al político su derecho a la privacidad –obvio– sino que hay una cosa que se llama unidad de vida, que la persona no está formada por compartimentos estancos y que quien deja que desear en su vida privada probablemente dejará también que desear en su vida pública.

El asunto es muy delicado y exige matizar ese «dejar mucho que desear» cuando se trata de la vida privada y evitar caer en prejuicios y juicios temerarios, pero insisto: no hay compartimentos estancos. Los americanos, que son muy prácticos, se preguntan si puede solucionar los problemas del país quien no es capaz de solucionar los propios. Algún gracioso dirá, por ejemplo, que dirigir la familia es más difícil que dirigir la república, aunque la clave de la dificultad quizás esté en que a diferencia de los electores, los de tu familia te conocen bien. Ahora, como decía en estas páginas el politólogo Bruno Cautres, los franceses se están preguntando quién es en el fondo François Hollande.

Pese a todo no pocos defienden que las andanzas de Hollande es una cuestión de su vida privada; que estos affaires no deben salir de la prensa sensacionalista o del cotilleo y cosa distinta es la problemática situación en que queda esa figura tan anacrónica llamada «la primera dama». Pero aparecen las paradojas. Por ejemplo, entre esos defensores de la privacidad los hay que no tienen tanta consideración con quienes, por razón de sus convicciones religiosas o morales, llevan una vida coherente. Para ese aspecto de privacidad no hay indulgencia y debe saberse para ser marcado o incluso ser vetado y ejemplos no faltan.

Otra de estas paradojas es el reciente archivo de las actuaciones penales contra los que hicieron un escrache en el domicilio de la vicepresidenta del Gobierno. Lejos de limitar el juicio a la ausencia de delito, el Auto «legisla» para defender que pueda rodearse y convertirse en escenario de la queja ciudadana un ámbito tan ligado a la privacidad como es el domicilio particular. Ya no basta con manifestarse ante la sede ministerial o del partido y, ojo, no es que no hubiera delito, es que es lícito invadir ese ámbito donde se desenvuelve la vida familiar, con enojo del vecindario por tan incómodo vecino.

Paradojas aparte, el caso Hollande cuestiona el blindaje de la vida privada del político. Y no es algo descabellado. Ahí está la corrupción, algo cada vez más inquietante, como lo demuestra el estudio de la Comisión Europea conocido la semana pasada. En nuestro caso no es difícil concluir que no estamos faltos de instrumentos legales para combatirla; pero sin perjuicio de perfeccionarlos, gana fuerza la idea de que las leyes no bastan sin un rearme moral. La corrupción es un indicio de la salud moral de un país, con lo que volvemos al inicio: unidad de vida, porque quien deja mucho que desear en su vida privada acaba «cantando» al asumir responsabilidades públicas.