Votar a los comunistas

El voto comunista en España es tan legítimo como cualquier otro, pero puede resultar tan melancólico como defender la vuelta a la tracción a sangre y el noble esfuerzo de los equinos. Nadie ha olvidado tan meteóricamente la Historia reciente como los comunistas que ni siquiera han elaborado algún estudio científico sobre los motivos del derribo del Muro de Berlín y la estrepitosa caída del socialismo real menos en Cuba, Corea del Norte, Vietnam y la esquizofrénica China. Tuvo más de cincuenta años la URSS para hacer nacer el hombre comunista y terminó simbólicamente en Chernobil. La democracia no prohibió al partido comunista (como en Alemania) y que Cayo Lara, Gaspar Llamazares o Willy Meyer, marxistas, comunistas, leninistas de pro, se coloquen bajo el paraguas nominativo que va de Izquierda Unida a las Trece Rosas, tiene algo de camuflaje. Como comunistas sin complejos, defendiendo el socialismo como alternativa social (propuesta no muy democrática aunque acepten el juego de las urnas) quedan en voto residual. Pero hacen cajón de sastre y recogen todos los retales de indignados, agobiados y cabreados, que son muchos. No es una rareza que crezcan en las encuestas electorales. Por sumar, abducen hasta Los Verdes en impensable conjunción entre el sovietismo y la defensa del medio ambiente. Meyer, candidato europeo por IU sostiene que en Cuba no se tortura, que la isla sufre un bloqueo naval (aludirá a la ley Helms-Burton que no moviliza buque alguno) y que los derechos sociales bajo la monarquía electiva castrista son envidiables. Pensará lo mismo de Norcorea, pero con qué cuajo se vota ese realismo fantástico. Marx y el capitalismo explotador de Engels («daré mi vida por la clase obrera, pero no me pidáis que viva con ella») y Lenin, hay que estudiarlos, pero como a los Sumerios. Afirmar que el siglo XXI, en sus albores, da la razón a Marx no es razonable ni para pedir el voto, que justifica cualquier cosa. Sufragar IU sí que es tirar el voto.