¿Y el ébola?

Su morbilidad no iba a ser tan alta como la de la gripe asiática de hace unos inviernos, pero la mortandad se anunciaba arrolladora, como una peste bubónica del siglo XXI. Cada fallecimiento evitable es una tragedia, pero las cifras de la epidemia (¿?) nunca terminaron de concordar con el ruido mediático. En aquellos países depauperados, por desgracia, el resfriado común multiplica por veinte las cinco mil víctimas mortales atribuidas al ébola desde agosto. Un contagio accidental de los cientos que se producen a diario en los hospitales, felizmente resuelto, disparó la bilirrubina de nuestras starlettes televisivas. Instruida la plebe por los gritos aspaventeros de los tertulianos, España pasó de tener treinta millones de seleccionadores de fútbol a estar habitada por un ejército de catedráticos de Virología Médica. Fronteras aeroterrestres, centros de salud, parques de bomberos, escuelas en barrios con población inmigrante... la sociedad se pertrechó para luchar contra el virus letal como quien se arma para una guerra. Hace tres semanas, una eternidad. Hoy a ningún español de bien le preocupan las toses de los misioneros en Liberia ni la sintomatología de los pasajeros que han hecho escala en Uagadugú. Apagados los focos de las unidades móviles, fútiles fulgores mundanos, enseguida desvaneciose el eco. Y a otra cosa.

En los medios de comunicación tradicionales, también la radio y la televisión, cunde la zozobra por el abandono progresivo de la audiencia que los ayunos de autocrítica achacan a la revolución tecnológica. Tal vez acierten, pero en segunda instancia, porque para hallar el primer motivo de nuestra lampante ruina debemos contestar con honestidad a la siguiente pregunta: ¿Por qué insultamos a la inteligencia del lector? Alguien ha hecho fortuna diseminando la especie de que es imprescindible adaptar los discursos hasta hacerlos accesibles a un público que no demanda análisis sino eslóganes. Valdría decir: rebajen el tono hasta parecer por completo idiotas y conviertan lo accesorio en sustancial, como ese secretario general del PSOE que elimina las vocales de su nombre o esos «community managers» que pretenden resumir la Summa Theologiae en cuatro tuits. Logran el efecto entre patético y bufo de esos viejunos que se disfrazan de veinteañeros para intentar encamarse con una becaria. Dan repeluco. ¿No será mejor volver a conectar con los votantes asqueados o los lectores hastiados que intentar seducir al abstencionista vocacional y al analfabeto contumaz? Ni el ébola era tan grave ni la izquierda necesita regenerarse.