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La Razón
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Bruselas dice que respira tranquila tras la ventaja de Macron en la primera vuelta de las presidenciales francesas. Supongo que forma parte de la nana con la que desea acunar a los europeos en una dormidera de tranquilidad fingida. Nada de lo que se publica en grandes titulares, ningún análisis de los sesudos expertos que escrutan las elecciones galas, acaba convenciéndome. Difuminan lo que hay entre el deseo y la realidad, un espacio que combina bien con las ansias poéticas, pero que en la prosaica sién de cada día resulta tremendamente mentirosa. Francia, y buena parte de Europa, incluida España, ha sido contagiada por el virus del extremismo y la rabia, y así no habrá liberal que nos salve por muy «cool» que se presente ante nosotros.

La bomba está a punto de explotar y se fabrica ante nuestras narices. Le Pen consigue el mismo porcentaje de voto que se le supone a Pablo Iglesias en España. Los votos de Mélenchon, el insumiso colega de Podemos, tan ambiguo como peligroso, podría llevar al Elíseo a los ultranacionalistas. La batalla no se libra entre la derecha o la izquierda, sino entre el sistema y los que quieren dinamitarlo. Entonces, a qué vienen tantas felicitaciones de Europa, tantos cánticos de felicidad por salvar a la Unión de los depredadores, tanta borrachera en los mercados que están ganando hoy lo que perderán mañana. Las elecciones las han ganado los radicales, separados, eso sí, pero han inoculado el veneno en las entrañas de la República. Marine Le Pen advierte de que el futuro no está escrito. Y tiene razón. La hombruna nieta del espantajo puede acariciar el sueño de raptar a Europa. Puede que no lo consiga el 7 de mayo. Hay más fechas en el calendario. Por lo pronto, los sondeos le dan un 40% frente al 60% de Macron. La diferencia podría ser tranquilizadora si bien no es abismal ni mucho menos.

O Bruselas cambia el guión, o los partidos tradicionales, ensimismados en su propio ombligo, viran su estrategia, o estaremos frente al pelotón de fusilamiento con la ropa de rebajas «mid seasson» llena de agujeros. Han prometido a los «sans culottes» que suyo será el reino de los cielos laicos de París. Es más, han convencido a parte de la clase media de que en realidad son pobres como ratas basándose en parámetros homologados por su demagogia. Francia afila la guillotina. Tal vez resulte Macron un excelente emblema de la República, encantado con la madurez de Merkel, pero a poco que resbale abrirá el arco del triunfo al Frente Nacional, ya aposentado en sus feudos y a la espera de que llegue el invierno. Están aquí para quedarse.