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Tribuna

Desigualmente cabreados

Cuando la desigualdad crece sin freno, el ascensor social se rompe, el mérito se convierte en un eslogan vacío y la democracia se vuelve un decorado

Le voy a contar un cuento. Ocurrió el jueves por la noche, pero podría haber ocurrido cualquier día, en cualquier sitio de España. Mesa larga, ocho personas. Croquetas, tortilla, cañas y un vino Sotero Pintado traído de Zamora. La conversación empezó como todas últimamente: inflamándose. Antes incluso del primer brindis, alguien sentenció con vivacidad: «Lo de Ábalos es intolerable, es la prueba definitiva de que Sánchez está destruyendo el país». Otro intervino sin dejar aire: «Lo vergonzoso es el señalamiento a Begoña Gómez, y lo imperdonable es la inmutabilidad de Pedro Sánchez. Eso sí que debería sacar a la gente a la calle». Y alguien más, con entusiasmo, agitó la bandera moral: «Y el novio de Ayuso. Ese es otro problema real. No podemos soportar más tramas».

Luego vinieron los inmigrantes. Luego Trump. Luego los okupas. Luego la Fiscalía con Álvaro García Ortiz. Luego el meteorólogo que anunció sol y llovió. Los atascos en la M-30. Las obras en la Castellana. Así fueron desfilando las indignaciones de sobremesa, como si cada uno compitiera por demostrar quién estaba más enfadado. La tertulia improvisada acabó sin conclusiones, sin reflexión y sin preguntas nuevas: solo un silencio cansado y la sensación de haber quemado toda la energía emocional en el aire. Una competición de furias.

Y sin embargo, y no es que sorprenda, nadie en esa mesa mencionó el informe global encargado por la presidencia del G20 y dirigido por el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, que refleja que desde el año 2000 el 1% más rico del planeta se ha quedado con el 41% de toda la nueva riqueza generada, mientras que el 50% más pobre recibió el 1%. Una élite vio crecer su patrimonio en una media de 1,3 millones de dólares por cabeza; la mitad más pobre del mundo obtuvo en 24 años 585 dólares. Ahí nadie pestañea. Nadie se indigna. No hay trending topics ni tertulias escandalizadas ni manifestaciones en la calle.

Parece que la desigualdad no provoca furia. No despierta pasiones. No llena plazas. No moviliza. Tenemos un país, y en realidad un Occidente entero, justificadamente dispuesto a incendiar las redes y las calles por la corrupción, pero aparentemente incapaz de experimentar la más mínima incomodidad frente al fenómeno que está vaciando la democracia desde dentro.

El mismo informe alerta de que los países con mayor desigualdad interna tienen siete veces más probabilidades de entrar en declive democrático que los más equitativos. Y, sin embargo, seguimos gritando contra Sánchez, contra Ábalos, contra Ayuso, contra los inmigrantes, contra Trump, contra quien toque según el menú emocional del día. Nadie piensa en el bosque mientras se pelea por las ramas.

Quizá la explicación esté en otro dato revelado esta semana: un estudio publicado en Science demuestra que los algoritmos de X (ex Twitter) pueden modular deliberadamente nuestras emociones políticas, aumentando la hostilidad o rebajándola según los contenidos que recibimos en el feed. En apenas siete días pueden modificar nuestra percepción del adversario y determinar quién es el enemigo que conviene odiar. La polarización no es espontánea: es ingeniería emocional, diseñada para mantenernos ocupados discutiendo entre nosotros mientras algunos debates esenciales permanecen fuera de agenda.

La desigualdad es el único escándalo que no escandaliza porque, aparentemente, no conviene que escandalice. Hablar de desigualdad no se resuelve con un grito, sino con análisis. Y exigir soluciones implica una reformulación económica, política y cultural. Ni siquiera está claro cómo se resuelve. Enfurecerse por Ábalos, sí. Enfurecerse por Sánchez, sí. Enfurecerse por los inmigrantes, sí. Enfurecerse por el novio de Ayuso, sí. Enfurecerse por quien conviene, siempre. Y ojo: no está mal enfurecerse por esas cosas. Lo que existe es un enfado selectivo.

No es extraño que lo burdo de Ábalos y Koldo enfade. O que la falta de pudor de Carlos Mazón nos irrite. Es normal que un corrupto esté tras las rejas. Y será normal que alguno que hoy esquiva desde la Moncloa, creyéndose ajeno a las consecuencias, termine aprendiendo que la justicia tiene un ritmo lento, pero rara vez renuncia a llegar. Lo llamativo no es eso. Lo llamativo es que no nos preguntemos por qué la distancia entre el sueldo de un cajero de supermercado y el del CEO de esa misma compañía se ha multiplicado como nunca. No se trata de demonizar al que gana más ni de cuestionar la economía de mercado ni de pedir revoluciones. Se trata de preguntarse con serenidad si esa brecha sin límite es compatible con la estabilidad democrática. Y de preguntarse por qué no se pregunta.

Cuando la desigualdad crece sin freno, el ascensor social se rompe, el mérito se convierte en un eslogan vacío y la democracia se vuelve un decorado. Y no hace falta ninguna moralina de izquierdas para darse cuenta. Los conservadores inteligentes lo saben desde siempre.

Por eso inquieta esta furia dirigida. Esta indignación a la carta. Este menú emocional que cambia cada semana. Nos cabreamos por casi todo. Excepto por lo que puede cambiarlo todo. La desigualdad no destruye la democracia de un día para otro. La vacía en silencio. Y cuando finalmente se derrumbe, ya no harán falta ni Ábalos, ni Koldos, ni meteorólogos, ni culpables imaginarios para explicarlo.

Juan Dillones periodista y analista en temas internacionales