Cuba: hacer historia es otra cosa

Resulta innegable que la visita que comenzó ayer el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a Cuba es un acontecimiento que quedará para la historia. Es la primera vez en 88 años que un inquilino de la Casa Blanca pone un pie en La Habana, lo que, en este caso, significa la culminación de un deshielo en las relaciones entre los dos viejos enemigos que comenzó en diciembre de 2014. Pero el boato de semejante efeméride no debe hacernos perder de vista la realidad. La dictadura de los hermanos Castro no ha rebajado ni un grado su represión contra un pueblo que vive amedrentado porque carece de la más mínima libertad para expresar sus opiniones. La prohibición de los partidos políticos y los medios de comunicación independientes sigue tan vigente como el primer día. La alegría de muchos cubanos por la visita de Obama se cimenta en la apertura económica y el relajo de un embargo que, sin duda, va a aliviar sus duras condiciones de vida y a hacer fluir las inversiones a un país anclado en los años 60. Sin embargo, el presidente de EE UU debería tener muy presentes durante sus paseos por La Habana Vieja a los más de 2.500 detenidos por motivos políticos en lo que va de año. De hecho, en los días previos a su llegada, la dictadura castrista ordenó el arresto de centenares de disidentes para dejar claro quién manda, todavía, en Cuba. Ni siquiera en esta ocasión, considerada «histórica», mostró la más mínima contención en una práctica habitual antes de la llegada de algún visitante ilustre. Pero el principal aviso a navegantes lo lanzó la semana pasada a través del diario oficial «Granma». En su editorial del miércoles, el rotativo del Partido Comunista advertía a Washington de que no esperara ninguna renuncia, ni una sola, a sus «principios revolucionarios». En esta misma línea, el embajador cubano en España, Eugenio Martínez Enríquez, afirma en un artículo que publica hoy LA RAZÓN que «Cuba nunca pedirá disculpas por defender nuestro pecado de ser un pueblo libre». Ni rastro de autocrítica, ni un atisbo de voluntad de cambio. Todos estos indicadores no hacen sino reforzar la tesis mayoritaria entre los analistas de que Obama ha llegado a la isla caribeña con el capitalismo bajo el brazo, aunque las exigencias sobre el respeto a los derechos humanos y la apertura política se las ha dejado en casa. En este contexto, el futuro más plausible que aguarda a Cuba se asemejaría, más que a cualquier país medianamente democrático, a China, donde el libre mercado convive con el pensamiento único comunista. El denodado esfuerzo de Obama por dejar un legado en política exterior, tras su fracaso en el avispero de Oriente Medio, ha encontrado en el diálogo con Cuba el escenario perfecto para marcar una diferencia sin grandes complicaciones. Que se sepa, la Administración demócrata no ha pedido nada sustancial a cambio del muy factible levantamiento del veto a la entrada cubana en el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Para ser justos, conviene recordar que tampoco la Unión Europea se ha mantenido firme en sus exigencias a Cuba y ha ido a rebufo de EE UU. A principios de este mes, Bruselas dio por muerta la Posición Común de 1996, que vinculaba la mejora de relaciones bilaterales (en realidad, comerciales) a una apertura en lo político. Y es que la reforma profunda, la de los principios y los valores democráticos, seguirá siendo una asignatura pendiente cuando Obama deje la isla rumbo a Argentina. Puede que su visita quede para los anales, pero hacer Historia, con mayúsculas, es otra cosa.