El desprecio de Colau al Ejército

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, fue ayer protagonista de un bochornoso suceso que va más allá de la anécdota aceptable en una representante pública democrática. Durante una visita al Salón de la Enseñanza, la edil no tuvo reparos en decir abiertamente a dos jefes del Ejército que se acercaron respetuosamente a saludarla que no eran bienvenidos en dicho evento, a pesar de que las Fuerzas Armadas disponen de un stand en el que muestran sus ofertas profesionales. Ver en vídeo el accidentado encuentro nos muestra con toda su crudeza y patetismo cuánta intolerancia y desprecio debe circular en el esquema político de Colau para comportarse con tanta mala educación, por decirlo a la manera de esos barceloneses sensatos que asisten perplejos a sus patéticos espectáculos. Desde su llegada al Ayuntamiento nos ha ido demostrando su aversión hacia símbolos e instituciones que considera perniciosos y contra los que reafirma su izquierdismo de catecismo. Nos ha ido deleitando con sus «performances» escatológicas que buscan redondear su perfil de líder global justiciera, que sólo atiende a la voluntad de sus «descamisados» y, por lo que hemos visto, anticlerical y antimilitarista. A la hora de la verdad, cuando los problemas afectan a los ciudadanos y no son meras diatribas ideológicas –y, por lo tanto, su prestigio puede quedar dañado–, aplica los remedios de su odiada patronal, como ha sucedido en la reciente huelga de metro. Es decir, Colau, como al partido al que representa y como su socio Pablo Iglesias, es el nuevo modelo de populismo, basado en rechazar las formas de la democracia parlamentaria y construir un nuevo poder basado en un liderazgo de formas caudillistas y en ofrecer soluciones fáciles a problemas complejos. Con el gesto de menospreciar a las Fuerzas Armadas, demostró desconocer que se trata de una institución ejemplar cuya participación en misiones de paz ha sido más útil que cuantas proclamas pueda hacer la izquierda radical. Sobre el pacifismo de estos sectores habrá que decir que sólo se manifiesta cuando se aplica al «antiimperialismo» de sus socios –Venezuela, sin ir más lejos–. Hay un nuevo fenómeno en este tipo de ideologías: quieren tener los beneficios de las sociedades libres y seguras, pero sin que se note que éstas dependen del respeto por el sistema democrático parlamentario que tanto aborrecen y de militares que, de manera discreta y con gran vocación de servicio, velan por la defensa de todos. Estas nuevas élites dirigentes proponen un modo de vida ideal con peligrosos tics de intolerancia y el totalitarismo visionario de las sectas. Además, consideran las ciudades donde gobiernan como laboratorios ideológicos donde poner en marcha políticas como organizar cabalgatas laicas y carnavales reivindicativos o evitar que se celebre la Semana Santa. El «proceso» independentista en Cataluña –del que Colau es una activa participante– ha construido la ficción de una sociedad perfecta que se pondría en marcha al declarar la independencia del resto de España, un mundo ideal donde se niega cuanto hace mover el día a día de los países, mientras esa nueva tierra se dedica sólo a ejercer felizmente su libertad. Colau y muchos de estos dirigentes deberían aprender algo de la lección que dio a Cataluña Josep Tarradellas. Tras su llegada del exilio, el capitán general de Cataluña le despreció y, en vez de actuar con rencor, su inteligencia política le dictó que debía recibirle oficialmente en el Palacio de la Generalitat. Después de más de una hora de conversación, el militar dijo que Tarradellas era un verdadero hombre de Estado. El ejemplo no se puede repetir, pero estos nuevos líderes, que creen haber inventado la democracia y conquistado ellos solos el autogobierno de Cataluña, deberían conocer por lo menos la Historia.