El PP, firme contra la corrupción

La Razón
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Nunca como ahora le son exigibles a los hombres y mujeres del Partido Popular cumplir el mandato de la unidad interna y mantener la serenidad frente a un ambiente enrarecido por las actuaciones judiciales y los ataques oportunistas de los partidos de la oposición, dispuestos a demoler un Gobierno, que si por algo se ha caracterizado, ha sido por su impecable respeto a la independencia judicial y su compromiso en la erradicación de una lacra, como es la corrupción, contra la que ha promulgado la mayor batería de leyes de nuestra democracia. Nada puede perjudicar más al futuro de España que el PP ceda al relato espurio, ejemplo de doble rasero y manipulación calculada, de una oposición para la que la evidencia no cuenta en absoluto, y caiga en las mismas banderías que han asolado a otros partidos. No se trata de obviar, por supuesto, la realidad de los casos de corrupción surgidos, aunque la mayoría sean de larga data y no hayan sido juzgados, sino de reconocer que desde el propio seno del Partido Popular, con una dirección por completo ajena a esas prácticas, se están poniendo los medios para que no puedan repetirse unos comportamientos que avergüenzan y rechazan la inmensa mayoría de los militantes y simpatizantes del partido. Se trata, también, de aceptar que en la lógica política en la que hoy nos movemos, no es posible evitar la sobreactuación indignada de los adversarios, pero que ello no justifica cierres de filas con quienes han delinquido o han guardado silencio frente a la corrupción de los propios. En este sentido, quien debe marcar distancias es el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuya gestión no puede verse desmerecida por unos escándalos con los que no ha tenido relación ni ha tratado de disimular. Una labor, no nos cansaremos de repetirlo, llevada a cabo en las peores circunstancias posibles, con las cuentas del Estado en quiebra técnica, con la economía convertida en una máquina de destrucción de empleo y con el crédito internacional por los suelos. Hoy, y hay que reconocer el éxito donde se encuentre, España, bajo la dirección de Mariano Rajoy, ha conseguido dejar atrás la crisis, volver al crecimiento y a la creación de empleo con una economía saneada y más competitiva, y recuperar el prestigio exterior y la confianza internacional perdidos. Tal es así, que España, está llamada a encabezar con Francia y Alemania el proceso de refundación de la Unión Europea tras el Brexit. Pera la responsabilidad de que España culmine la recuperación, sin la que no es posible seguir avanzando en las políticas sociales y de bienestar moderno, corresponde también a la oposición, al menos a aquellos partidos que, como el PSOE, se consideran con vocación de Estado. En un momento crucial como el actual, cuando tantas cosas dependen de la estabilidad política y presupuestaria, los partidos políticos están obligados a buscar el interés común de los españoles. No es con espectáculos fariseos como se lucha realmente contra la corrupción, sino con el apoyo leal al Gobierno y a la Justicia. Desafortunadamente, parece que prima la búsqueda de la ventaja política, y la neutralización del adversario. La corrupción existe, y probablemente nunca podrá erradicarse del todo, pero ni España es un país especialmente corrupto ni responde al retrato tercermundista y bananero que se nos quiere imponer. El país que representa la economía que más crece en Europa, que ha sabido mantener la estabilidad política sin caer en las garras del populismo, tiene una oportunidad histórica de mejora si es capaz de proseguir la gran obra reformista inciada por el Gobierno del Partido Popular.