Mas rompe CiU

Artur Mas y su proceso soberanista –que en esta última etapa incluía una declaración unilateral de independencia– han sido un motivo de inestabilidad en Cataluña de consecuencias todavía no calculadas, aunque podemos vaticinar, sin mucho margen de error, que de esta aventura sólo saldrá una sociedad fragmentada y enfrentada. El desenlace de la última crisis entre Convergència y Unió Democràtica es un ejemplo más de esta descomposición que no permite, ya no defender una Cataluña dentro de España, sino abrir vías de acuerdo intermedias. El líder de Unió, Josep Antoni Duran Lleida, que ha defendido la «tercera vía», ha sido devorado por los soberanistas capitaneados por Mas. Ya no había más margen para el entendimiento. Después de 37 años de la existencia de la coalición formada por CiU, los demócratas cristianos no han tenido más opción que romper esta alianza que ha sido la marca del catalanismo político que ha gobernado Cataluña, le ha dado estabilidad y se ha convertido en un buen aliado de gobiernos conservadores y socialistas en Madrid. Nada mejor que esta ruptura para escenificar que los independentistas no están dispuestos al diálogo ni a soluciones de consenso. Duran Lleida ha dado por terminado este viaje en el momento en que Mas ha cerrado todas las puertas a que la federación siguiera representado la centralidad en Cataluña. Por otra parte, el anuncio de que Convergència (de nuevo será la CDC fundada por Pujol) aspira a concurrir a las elecciones plebiscitarias del 27 de septiembre como parte de una coalición (inspirada en el modelo de Ada Colau y Bcomú), con notables independentistas, no ha dejado margen a Duran. El desencuentro dentro de CiU se produjo cuando Mas decidió ponerse al frente de las manifestaciones que pedían la independencia. Este cambio estratégico conducía inevitablemente a que la federación perdiese la centralidad en la vida política catalana y compitiese abiertamente con el bloque independentista, e incluso a que buscase una nueva alianza con ERC, algo que hacía inviable el acuerdo con Unió, un partido que había apostado por mejorar el Estatut, pero nunca cerrando las puertas al entendimiento con las instituciones del Estado, además de por otros motivos históricos. Los tres consejeros democristianos dejarán el Gobierno, pero Unió se ha comprometido a seguir dándole estabilidad. El futuro de esta formación histórica es ahora una incógnita porque ella misma ha quedado dividida por el propio debate. Esta ruptura supone sin duda un cambio sustancial en el mapa político catalán, pues muy probablemente obligue a la ya anunciada refundación de CDC como un partido o movimiento que aspire a tener la hegemonía independentista. Duran no podía ofrecerse a un juego que supondría una quiebra de la radicalización de la sociedad catalana.