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Paz para Tierra Santa

Tiempo de lectura 2 min.

24 de mayo de 2014. 22:05h

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24/5/2014

En la primera homilía del Papa Francisco en Oriente Medio ha dejado muy claro el mensaje que quiere transmitir: hay que «seguir esforzándose por lograr la tan deseada paz». Lo dijo en Ammán, primera escala del viaje que le ha llevado a Jordania, Palestina e Israel y a lugares sagrados en los que se comparte el culto y en los que las disputas ancestrales siguen vivas. Preocupado, como también lo estaba Benedicto XVI, por mantener un diálogo sincero con las otras confesiones religiosas, este periplo por Tierra Santa no puede sustraerse de su contexto político. Desde hace cerca de sesenta años, esta zona del mundo vive inmersa en un estado de violencia permanente en el que se ha instalado la idea de que es un conflicto sin solución y no hay espacio para la esperanza. El viaje del Papa coincide con la ruptura, una vez más, de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos. Oír en una tierra marcada por la guerra una defensa del diálogo, la tolerancia y el respeto al adversario, al que se considera un enemigo irreconciliable, y también entre comunidades religiosas (en su homolía, pidió «consideración a la comunidad musulmana») puede sonar desde el Occidente descreído como un iluso canto, pero, como dijo ayer Francisco, «el mundo necesita mensajeros de la paz». Hacerlo, además, en un país como Jordania, que acoge refugiados de todos los conflictos del mundo árabe y en los que las minorías cristianas han sido víctimas de esa violencia, es una muestra de coraje que sólo un líder respetado como el Papa puede permitirse. Entre todos los derechos menoscabados en la zona, Francisco se ha referido a la persecución religiosa, que atenta directamente sobre la libertad de conciencia, base de las sociedades democráticas y tolerantes. En Israel –país de Oriente Medio donde precisamente los cristianos se sienten más protegidos– volverá a repetirse el histórico gesto que se produjo hace 50 años, cuando Pablo VI se encontró con el patriarca ortodoxo de Constantinopla en el Santo Sepulcro de Jerusalén –motivo oficial del viaje– y participará en un rezo conjunto con las tres comunidades religiosas que custodian el lugar: las iglesias greco-ortodoxa, armenio-ortodoxa y católico-romana. El Papa ha viajado desde Roma acompañado de un rabino y un líder musulmán, los dos de Buenos Aires, para simbolizar la necesidad de diálogo. Este momento estará representado con su visita en Jerusalén al Muro de las Lamentaciones y al memorial del Holocausto, el encuentro con el gran muftí y la misa que celebrará en el Cenáculo, la segunda en quinientos años, y que ha despertado la ira e incomprensión de los judíos ultraortodoxos, que no están dispuestos a aceptar que donde se celebró la Última Cena sea también el lugar donde la tradición herbrea sitúa la tumba de David.

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